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El secreto de un prestigiado empresario italiano

 

Pienso que puede resultar interesante y tal vez hasta divertido compartir con ustedes el relato de mi experiencia con un prestigiado empresario italiano durante aquel tiempo que disfruté variadas vivencias como Consejero Comercial de México en Italia.

 

Lo conocí en la Ciudad de Torino, durante una misión que nos llegó de empresarios mexicanos que buscaban promover coinversiones en México con algunas firmas italianas de prestigio. Este empresario, personaje central de mi relato, cuyo nombre me guardo para más adelante, era un propietario único y “Amministratore Delegato”, o sea Presidente de un grupo prestigiado de empresas dedicadas a la fabricación de maquinaria para la industria embotelladora. La firma exportaba a diversos países de Europa y había iniciado su incursión con particular éxito en el mercado de los Estados Unidos, razón por la cual supuse le resultaba interesante explorar las posibilidades de colaboración empresarial con inversionistas mexicanos.

 

El primer acontecimiento digno de recordar se presentó aquel día en que acompañé a los empresarios mexicanos de Nuevo León a visitar la impresionante fábrica del “Amministratore Delegato”, cercana a Torino. En realidad impactante y el impacto no sólo fue para mí, sino en particular para los regiomontanos que de aquellos “fierros” conocían mucho más que yo. 

 

Después de la visita, el emprendedor piamontés nos invitó a comer a uno de los mejores y más renombrados restaurantes de la ciudad. Nos recibieron con especial deferencia y nos asignaron la mejor mesa del local. Yo me disculpé para hablar por teléfono y, por lo tanto, no pude percatarme de lo que después inferí. Nuestro anfitrión había ordenado dos botellas de un vino exclusivo, un Barolo de la región de Le Langhe, cosecha del 64. Algo en verdad especial. Supe después que invitó a mis paisanos a degustarlo y que éstos, inmersos en la plática sobre el posible negocio futuro, no le hicieron mucho caso que digamos. Es más, como él mismo me confesó algunos meses después, simplemente lo ignoraron y comenzaron a beberse aquel super–vino como si fuera una simple Coca Cola.

 

Cuando yo me reincorporé a la mesa, conversaban y casi discutían sobre la importancia del mercado de los Estados Unidos para aquellas máquinas que en términos de innovación tecnológica estaban sin duda a la vanguardia. Una copa de aquel vino especial estaba frente de mi.

 

Pero debo interrumpir para hacer notar que yo de ninguna manera era un conocedor del buen vino. Me temo que los mexicanos somos buenos bebedores de cerveza, pero no en realidad de buen vino, por más que somos dados a presumir. Yo era muy joven y había llegado a Italia hacia apenas tres meses y la verdad es que no había tenido todavía tiempo de educar mi paladar.

 

Recuerdo pues que decidí intervenir en la plática, la cual se daba en inglés por cierto. En un momento dado interrumpí mi comentario para probar con indiferencia aquel vino. La verdad no se bien porque lo dije, pues no sabía que era invitación especial de nuestro huésped:

 

¡Guau! Qué buen vino

 

Súbitamente se iluminó el rostro del empresario italiano y me dijo 

 

– Verdad que sí, Dottore.

 

Al ver su reacción yo magnifiqué mi comentario subrayando. – No, en verdad. Está excelente, creo que es el mejor vino que yo he probado en Italia.

 

¡Ahh! Me dijo nuestro anfitrión. Lo que pasa es que usted es un experto, Caro Dottore

 

Mis paisanos reaccionaron de inmediato aseverando:

 

“Si claro, es un estupendo vino”.  “Magnífico vino es cierto”.  “Superb”, – dijo otro, pero en realidad mi nuevo amigo ya no les creyó nada.

 

Y aquel destacado “Imprenditore”, que no hacia mucho había recibido el nombramiento de “Cavaliere del Lavoro” por el Presidente de la República Italiana, el máximo reconocimiento que puede recibir un empresario en Italia, comenzó a darnos, sobre todo a mí, una verdadera cátedra del buen vino. Más que un experto era un verdadero “Sommelier”. Llegué a pensar que la etnología era su verdadera profesión y como “hobbie” era empresario. Y mientras él pontificaba yo continuaba disfrutando aquel vino, con expresiones de agrado que pretendían confirmar que se trataba en realidad de un elixir de los dioses. Los regios me veían escépticos, pero Él me creía todo.

 

Ya concluyendo la comida, me dijo en voz baja:

 

Sabe Dottore, Hay otro vino que me gustaría mucho que usted probara.

 

Se dio cuenta que los demás comensales nos miraban en silencio y dirigiéndose a todos dijo:

 

Le comentaba yo al Dottore que hay otro vino que me encantaría que conocieran. Quisiera preguntarles si, en el caso de que me confirmen en un cierto restaurante, que tienen ese vino en existencia, me aceptarían que los vuelva a invitar a comer el día de mañana.

 

Por supuesto, claro, será un placer, – dijeron todos. Yo, por desde luego acepté con gusto sincero.

 

Le trajeron el teléfono a la mesa y nuestro amigo empresario, confirmó que en efecto se disponía de aquel otro vino, así que acordamos los detalle del encuentro para el día siguiente.

 

No tengo que destacar la cordialidad con que se despidió de mí nuestro doble anfitrión, diciéndome:

 

Va usted a ver Dottore. 

 

Comenzaba a inquietarme.

 

Pasó por nosotros al hotel en su gran camioneta, que en aquel entonces no era usual. Y nos llevó a un bellísimo restaurante en la Campiña. Dos estrellas Michelin certificaban la calidad culinaria. Los precios, por cierto, también fueron impresionantes sobre todo para los empresarios neoloneses. Nos ubicaron en una terraza con una vista espléndida.

 

Se acercó el dueño de aquel lugar a saludarlo e informarle que había separado para él aquellas dos botellas del Barbaresco del 60, de uva Nebbiolo y justo de la comunidad de Treiso, me acuerdo que comentaron, mientras mi inquietud comenzaba a tornarse en preocupación.

 

Nuestro anfitrión, por segunda vez, se dirigió a mis paisanos con la siguiente aclaración:

 

Saben amigos, me informan que lamentablemente de este vino que les he conversado, Barbaresco del 60 tan sólo tienen dos botellas y yo, con mucha pena, quisiera que me aceptaran que en esta ocasión ordenemos para ustedes tres un también excelente vino un Barbera del 65 y nos permitieran que el Dottore López y yo nos tomemos estas dos botellas del Barbaresco.

 

Traté de persuadirlo de que no era necesario, pero los empresarios mexicanos aceptaron con gusto y algo de indiferencia por cierto, y me insistieron en que yo aceptara aquella cortesía especial de nuestro célebre anfitrión. Mi preocupación iba en aumento y estalló cuando se acercó el capitán y con la primera botella del excepcional Barbaresco ya en un decanter, intentó hacerlo degustar por el empresario italiano, quien lo detuvo y me señaló indicando:

 

No, lo degustará il Dottore López.

 

“Porca Miseria” exclamé para mis adentros. ¡Quién me manda andar de presumido! Vaya una tarea difícil. Y mis connacionales mirándome como esperando para festejar el fracaso de un Chilango. Y para complicar todo aún mas. Nuestro anfitrión agregó:

 

Dígame usted Dottore ¿Cuál de los dos vinos es mejor? ¿El Barolo del 64 o el Barbaresco del 60?

 

Aquí debo hace una nueva interrupción de mi relato, pero creo que es conveniente para explicar mi reacción.

 

Apenas una semana después de que inicié mis labores en la Consejería Comercial, o Consulado Comercial, pues tenía ambas autorizaciones del Gobierno italiano, se presentó en mi oficina, así sin más ni más, el Representante de Aeroméxico en Italia, un florentino muy especial llamado Sergio Ceriani, quien se metió a mi despacho sin avisar, me tiro encima de mi escritorio su amistad incondicional y su simpatía irresistible, me dijo su nombre y me dio un gran abrazo. A partir de ese momento se construyó una extraordinaria relación. Sergio Ceriani fue mi mejor amigo italiano durante tres años, hasta que regresé a México e inexplicablemente dejé de tener comunicación con él. Uno de las varios errores serios que he cometido. Doce mil kilómetros de distancia no son una buen razón para dejar de tener un gran amigo. Cabe destacar que en aquel entonces el Internet no existía ni en la imaginación de los avanzados.

 

Sergio Ceriani me incorporó a un grupo selecto de amigos que cada dos viernes se reunían para acompañar a uno de ellos a desempeñar su función de “Certificador del buen cuidado de los vinos”. Giugliano, que así se llamaba aquel doctorado en enología, trabajaba para una exclusiva firma que con cierta periodicidad publicaba una revista de gran prestigio en la que clasificaba a los restaurantes de la Lombardía, precisamente por el buen cuidado de los vinos. El hecho es que los cuatro compinches visitábamos tres muy buenos restaurantes cada viernes. Él nos presentaba como asesores de la empresa y en verdad éramos atendidos como reyes. Siempre la mejor mesa, nos ofrecían casi siempre de cenar, pero nosotros nunca aceptábamos más que un simple bocadillo, “Un semplice spuntino andrebe bene” como les llamaba Ceriani. Y siempre lo que nos ofrecían era una verdadera degustación de sus mejores platillos. Nuestro amigo Giugliano seleccionaba dos botellas de vino de óptima calidad, de aquellos que requieren efectivamente de un muy buen cuidado, los cataba en una meticulosa ceremonia, hacía una anotación en una pequeña carpeta y jamás, por cierto, daba a conocer su veredicto. De Giugliano aprendí mucho por supuesto, empezando por aquella respuesta, ante mi pregunta de:

 

¿Cuál es el mejor vino? Giugliano

 

El mejor vino Mario, es el que a ti te guste.

 

Giugliano también me dijo que el paladar es como un músculo, en particular las papilas van desarrollando su capacidad de apreciar y diferenciar, conforme lo vas utilizando. Recuerdo que me hizo una gráfica y me indicó que en cuanto al vino se comienza siempre en un nivel bajo, que si se continúa bebiendo vino dos o tres veces a la semana, se va incrementando gradualmente esa capacidad de apreciar y diferenciar.  

 

Si dejas de beber con esa frecuencia, me aclaró, la capacidad disminuye, nunca al nivel inicial, pero decrece, si reanudas la frecuencia, vuelve a aumentar, pero siempre poco a poco.

 

 Regreso pues con nuestro empresario anfitrión y mis paisanos en aquel hermoso restaurante en la campiña piamontesa.

 

Dígame usted Dottore ¿Cuál de los dos vinos es mejor? ¿El Barolo del 64 o el Barbaresco del 60?

 

Reitero que estaba sumamente preocupado. Recordé a mi amigo Giugliano, con quien apenas había tenido dos aventuras de las que he descrito, y traté de imitarlo. Busqué un fondo blanco, levante con lentitud la copa a la altura del ojo y mire a través de la copa. Tenía un color rubí o rojo desteñido o quizás ladrillo. Acerqué la copa a mi nariz y aspiré con suavidad. A continuación hice girar el vino en la copa, le imprimí despacio un leve movimiento de rotación y volví a oler con mayor profundidad. Todos me miraban con expectación manifiesta. Como solía hacer Giugliano, me acerqué la copa a los labios y sorbí. Los regios voltearon de inmediato a ver al empresario anfitrión, quizás esperando una desaprobación, pero él sonrió y sólo dijo: 

 

-Se ve que el Dottore conoce.

 

La permanencia en mi boca fue larga, hice rotar al vino, con discreción hice ingresar un poco de aire a mi boca, lo hice burbujear con suavidad y finalmente tragué, expiré por la nariz y me concentré en la memoria que el vino dejó en mi paladar, así indicaba la lección aprendida. 

 

Creo que esa fase la aprobé, pero la siguiente etapa era en realidad imposible. No tenía la menor idea cuál vino era mejor. Ni siquiera me acordaba bien de las cualidades del anterior. Sentía que un error de mi parte provocaría una profunda desilusión en mi nuevo amigo piamontese, mi más reciente admirador podría decir, quien me miraba con evidente confianza y expectación, mientras el trío de empresarios neoloneses esperaban con manifiesta ansiedad, y tal vez una cierta dosis de morbosidad, mi veredicto final. 

 

Decidí hacer lo que debí haber hecho desde un principio. Decidí ser honesto y decir la verdad, cualesquiera que fueran las consecuencias. Tomé aire, los miré a todos de frente y simplemente reconocí:

 No se.

 

Los paisanos empresarios pusieron los ojos en posición de redondo y al unísono voltearon a mirar a su colega italiano, esperando la reacción a semejante vaticinio. 

 

Aquel gran empresario italiano, cuyo nombre revelaré más adelante, soltó una estruendosa carcajada. Yo estaba casi asustado, a punto de hacer pucheros.

 

– Verdad, que es imposible, – grito el Commendatore, título y reconocimiento que se adjudicaba a los “Cavalieri del Lavoro”.

 

 – A mí me sucede lo mismo, nunca he podido discernir cuál es mejor. Qué bárbaro, es usted un maestro, Dottore Lopez, Complimenti.

 

 – Bueno, dije con cierto alivio, lo que pasa es que efectivamente los dos son una maravilla.

 

– Pues yo creo, – dijo uno de los empresarios regios, quizás un poco decepcionado del curso de los acontecimientos.

 

– Yo creo que nuestro Barbera está mejor que su Barbaresco, –  y todos soltaron la carcajada.

 

Como se pueden imaginar disfruté con intensidad aquella comida, los platillos deliciosos, el clima muy agradable, la plática muy amena y divertida y mi botella completa de Barbaresco sin duda soberbia.

 

Como a las 7 de la noche nos dejó en el hotel. Nos despedimos todos muy cordialmente, confirmando un segundo encuentro en Monterrey, al que yo ofrecí asistir, por cierto, aun sabiendo que no lo haría. Tomé mi auto y me dispuse a regresar de inmediato a Milano, a mi casa. 

 

Unas tres cuadras más adelante sentí que un auto grande se me emparejaba y el conductor me hacía señas. Era el Commendatore. Bajó el cristal de la ventanilla derecha y me dijo en italiano  

 

–  Dottore, le invito un digestivo.

 

Por supuesto acepté, lo seguí y nos detuvimos frente a un bar muy agradable.

 

Recuerdo que ordenamos dos “Amarettos di Saronno,” licor que en aquel entonces no se conocía en México, a pesar de mis esfuerzos podría decir, porque apenas dos semanas antes había recibido la respuesta de los tres principales importadores en México de licores a quienes había informado del interés particular del propietario, quien para manifestármelo me visitó en mi oficina, de introducir formalmente la bebida en México. En realidad, uno no contestó nunca, otro simplemente me manifestó que no tenía interés, el tercero se dignó llamarme por teléfono para expresarme, en un tono muy docto:

 

 Mire Consejero, este Amaretto di Saronno que por supuesto conozco bien, es el tipo de licor que no gusta y nunca gustará en México. Es demasiado dulce

 

Cambié mi respaldo al propietario principal de la firma y lo apoyé para visitar México y le conseguí información sobre la normatividad vigente para establecer una firma importadora y distribuidora en México, pues había decidido hacerlo en forma directa. Catorce meses después el Amaretto di Saronno era el licor procedente del exterior que más se vendía en México.

 

Pues mientras difrutábamos de aquel licor de albaricoque y almendras, el Commendatore me confesó que tenía la intención no sólo de invertir en México, sino de explorar la posibilidad de trasladarse a vivir a México, con toda su familia. Aquella época era conflictiva en Italia, no sólo la huelga era el deporte nacional favorito, sino que el terrorismo político iba en aumento alarmante. Le Brigatte Rose no sólo instalaba bombas por doquier, sino que secuestraba empresarios y sus familiares, y apenas el año anterior había raptado y asesinado al ex Primer Ministro Aldo Moro. Yo dudaba seriamente que nuestro nuevo amigo pudiera vivir en México por razones que ya explicaré más adelante, así que con particular tiento comencé a tratar de disuadirlo, aunque escuché todos sus argumentos con especial atención. Antes de despedirnos esa noche me hizo una invitación para que mi esposa y yo acudiéramos a una comida especial en su casa el segundo sábado del mes que ese día justo comenzaba.

 

Dos semanas después seguí con esmero las indicaciones del mapa que se me hizo llegar mi nuevo amigo y todo iba bien hasta que se terminó el camino en la falda de un monte. Me detuve, por supuesto, y revisé el mapa una y otra vez. No me lo explicaba, se terminaba el camino y no se presentaba opción alguna, cuando de repente escuche una voz en un alto parlante diciendo:

 

– Buon Giorno Signor Console, por favor suba, siga el camino, los estamos esperando.

 

Mientras recibíamos el mensaje se abría de manera automática una enorme reja que se confundía con la maleza y que por tal razón no habíamos identificado.

 

Subimos y subimos y subimos, realmente sorprendidos, el “povero Commendatore” era dueño de una colina completa, una colina con todo tipo de árboles frutales, y plagado de flores muy bellas, quizás exóticas. Estábamos justo en verano y aquello era todo un vergel. Finalmente, justo en la cima, arribamos a la residencia más hermosa que habíamos conocido en Italia y quizás que habíamos imaginado en la campiña. El mobiliario y la decoración eran de un gusto en verdad exquisito. 

 

Caríssimo Dottore. Me recibió il Commendatore con un abrazo, besó la mano de mi esposa manifestándole con una cordialidad muy especial que era un gran honor recibirla en casa. Nos presentó a su bella y elegante esposa, que por supuesto vestía de una manera muy sencilla, y quien se mostró como una anfitriona profesional, una de las mejores con que en nuestra vida nos habíamos topado.

 

Entramos a la casa admirando todo y de repente nos enteramos que en esa especial comida no éramos los únicos invitados.

 

– Permítanme presentarles a un gran amigo, dijo nuestro anfitrión, – Nicola Pietrangeli.

 

Mi esposa y yo nos quedamos extremadamente sorprendidos, y aquí me veo en la obligación de hacer de nuevo un paréntesis para que tenga explicación nuestra sorpresa.

 

En aquellos entonces, aunque ustedes no lo crean, nuestro país figuraba en la cúspide del tenis. El "Pelón Ozuna" era reconocido como uno de los mejores del orbe. El equipo de México justo el año anterior había llegado a la final de la Copa Davis, pero la opción para ganarla era vencer al otro finalista, que en aquella ocasión se trataba de Sudáfrica, justo el país al que los países miembros de la Organización de Naciones Unidas habían acordado no reconocer en ningún sentido como una nación, por aplicar la discriminación racial, difundida mundialmente como “Apartheid”. México decidió no presentarse a la final y perdió, parece ser por siempre, la oportunidad de ganar la Copa Davis.

 

Ese año siguiente Sudáfrica e Italia habían llegado a la final de la mentada Copa Davis y todos los periodistas deportivos de Italia buscaban al entrenador de la “Squadra Azurra” del tenis para que declarara si Italia aceptaría jugar con Sudáfrica o declinaría como lo hizo México, por defender el principio de la No–discriminación. Debo agregar que se habían registrado muy diversas manifestaciones de protesta en las principales ciudades de Italia. Se comentaba en todos los diarios y en los noticieros de televisión, pero nadie sabía dónde estaba el responsable del equipo italiano. Nadie sabía dónde estaba Nicola Pietrangeli, salvo, parecía ser, il Commendatore y su esposa, y a partir de ese encuentro, también mi esposa y yo.

 

La conversación, como lo pueden adivinar, fue más que interesante. Hablamos incluso del tenis. Pietrangeli nos dio muchas explicaciones confusas sobre el encuentro en discusión, lo único que era claro es que al final iba a aceptar, como fue, jugar con los sudafricanos, a pesar de las impresionantes manifestaciones que se llegaron a organizar. Pietrangeli y la Squadra Azzurra perdieron por cierto, después de lo cual Nicola fue justamente despedido pues había apostado su resto y lo había perdido todo.

 

En algún momento, creo que cuando Pietrangeli destacaba que esa oportunidad a Italia podría no presentársele nunca jamás, lo cual hasta ahora parece ser cierto. Il Commendatore me interrumpió para pedirme la llave de mi automóvil, la cual se la di de inmediato suponiendo que estorbaba alguna salida.

 

Debo decir que aquella fue una velada extraordinaria, con manjares exquisitos, un vino que se pueden imaginar, digestivos "fuoriserie" como dicen los italianos y una charla de sobremesa suculenta.

 

El Commendatore retomó la plática, ahora con toda intención orientada a su exploración sobre la posibilidad de trasladarse a vivir a México. Nos contaron que mientras más se informaba más les entusiasmaba la idea de reubicarse en nuestro país, un país lleno de colores y de sonrisas, nos destacaban, lo cual es sin duda cierto, un país en que la pobreza no ha podido destruir la alegría. Lo investigaron bien y, sin embargo yo continuaba tratando de disuadirlos. ¡Porca Miseria! como dirían ellos, Qué difícil. Yo, Consejero Comercial de la Embajada de México en Italia, una de cuyas principales funciones era justo la de promover la cooperación empresarial y la inversión italiana en mi país, me alejaba de mi responsabilidad y actuaba justo en sentido inverso.

 

Nuestros amigos nos presentaron a sus hijos, una hermosa ragazza de dieciséis años y un bel giovanotto de catorce. En verdad agradables e inteligentes. Yo, un poco triste, me quedé más convencido que nunca que il Commendatore no podría vivir jamás en México con su familia.

 

¿Cuál era la razón que me obligaba a actuar en contra de mi responsabilidad profesional? ¿Por qué razón trataba yo de disuadirlo de no trasladarse a vivir a nuestro país?

 

La explicación se encontraba en su nombre, mejor dicho en su apellido. El Commendatore respondía al nombre de Giusseppe CULAZZO. Así con doble zeta. Me imaginaba como habrían de tratarlo en la sociedad mexicana, no sólo a él, sino sobretodo a sus dos hijos y en particular a su esposa.

 

– Tendría usted que cambiarse el nombre Don Giusseppe, le señalé, cuando finalmente le expliqué el significado de su apellido en nuestro país, lo cual era explicablemente imposible, tan imposible como vivir en México con semejante apellido

 

Me prometió pensarlo muy seriamente y en una tertulia posterior me confirmó que, como familia, "habían decidido desistir de su idea de vivir en México"

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