Mario López Espinosa
El aparatejo diabólico
–Y con esto el ilustre Profesor Remigio Cedeño se convertirá en el invidente informático más avanzado de su generación, no sólo en Moralzarzal, sino en toda la Comunidad de Madrid; –destacó su hijo, Ingeniero en Sistemas de Información, después de la extensa explicación de cómo manejar el extraordinario equipo multifuncional que le había construido.
–Es de una sencillez asombrosa, simplemente oprimes el primer botón y conectas el teléfono; sólo tienes que mencionar el nombre de con quién quieres hablar y te comunica, activas el segundo y grabas la conversación. Lo que te puede resultar muy divertido con tus nietos. Todo lo que platiques con ellos lo puedes escuchar después las veces que quieras, con un sencillo doble click. A través del tercer botón podrás dictarle a la grabadora, y si lo oprimes dos veces te hará una impresión, por si quieres regalársela a alguien. Con el cuarto botón podrás escuchar la música de tu predilección, sólo tienes que mencionar el nombre de la canción o de la melodía. Ah, y si oprimes el quinto y último, únicamente menciona el título o el autor y una voz femenina encantadora te leerá la obra literaria que tú elijas. ¿No te parece fantástico, Papá? ¿Como de magia no?
Habían transcurrido cuatro días y el Profesor Remigio Cedeño no se había atrevido todavía a poner un dedo en el “aparatejo diabólico”, como lo había bautizado. Estaba sentado en su sillón favorito conversando en silencio con sus recuerdos, cuando escuchó un extraño zumbido lejano y muy tenue, sólo perceptible por el tímpano ultrasensible de un ciego, que claramente provenía del “equipo fantástico”, como le llamaba su hijo. Supuso que se trataba de una llamada de su muchacho, que lo estaba poniendo a prueba, así que muy delicadamente oprimió el primer botón y se llevó una tremenda sorpresa al escuchar la voz ronca de un hombre que decía:
–Pedro, ¿eres tú?
El Profesor Cedeño rápidamente oprimió el segundo botón con la intención de apagar el aparato pero, sin pretenderlo, activó la grabación.
–El próximo viernes cuatro secuestraremos a la niña, Pedro. Todo está listo. Le pediremos a ese maldito billonario un millón de euros si quiere volver a verla.
–¿Qué haremos con ella Doctor Ituarte, dónde la esconderemos?
–Ya te lo había dicho, la dormiremos, la traeremos a mi departamento y así permanecerá hasta que la devolvamos contra la entrega del rescate. Te repito que todo está listo, he cuidado hasta el último detalle. Te espero en mi departamento el viernes a la una de la tarde. Debes ser puntual, y colgó.
El Profesor Remigio Cedeño se quedó pasmado y boquiabierto, caminó lentamente hacia el sillón y se desplomó rendido.
Seguía pasmado y confundido, cuando escuchó una vez más aquel zumbido. Dudó, se resistió, pero al final sucumbió. Repitió la operación anterior en el equipo y escuchó la voz del tal Pedro:
–Doctor Ituarte, soy yo nuevamente. He estado pensando qué sucedería si la niña se despierta y después nos reconoce.
–No olvides Pedro que soy médico anestesiólogo y es lo que he hecho todos los días durante los últimos quince años en el Hospital General de Villalba. Además, no será la primera experiencia de este tipo para mí. No temas.
–No cuelgue Doctor, le llamé también porque yo desconozco la dirección de su departamento.
–Tienes razón, mi dirección es Calle Valleja 45, primer piso, en la zona polideportivo cerca de Calle España, será bueno también que intercambiemos el número de nuestros móviles por cualquier cosa, el mío es 91 857 69 00.
–El mío es 675 99 26 02, concluyó Pedro y colgó.
Ahora sí el Profesor Remigio Cedeño estaba totalmente sorprendido y estupefacto.
–No puedo ser, simplemente no puede ser, esto parece ser obra de Satanás. La dirección que mencionó ese doctor es inverosímil, se dijo, pues yo vivo en la planta baja de la Calle Valleja 45. Seguramente al hacer la instalación mi hijo interconectó por error los cables de teléfono con el piso de arriba. ¿Qué hacer? Si bien es cierto que soy ciego, también lo es que no puedo permanecer impávido mientras secuestran a una niña. Sobre todo, si se trata de mi vecino. Tengo que pensar.
No sólo durante toda la tarde, sino durante toda la noche, no pudo dejar de reflexionar sobre lo que podría hacer para impedir ese ultraje. Como a las tres de la mañana, trató de recordar con precisión las indicaciones de su hijo sobre el funcionamiento del “aparatejo diabólico”, se levantó y fue directo a oprimir dos veces el segundo botón, y menuda sorpresa se llevó al escuchar la voz ronca de aquel doctor repitiendo todo aquello que no podía olvidar.
El sábado por la mañana escuchó en la radio la noticia del secuestro de la pequeña hija de seis años del potentado Don Leodegario Rueda Ballesteros, dueño de la más importante fábrica de video-juegos del país, el hombre más rico de Moralzarzal. El rapto había tenido lugar el jueves en el Parque La Tejera. Se mencionaba que los secuestradores no habían tomado contacto todavía con el padre para solicitar el rescate.
Lo pensó durante varias horas. Finalmente se decidió, convencido de que tenía que actuar rápido. Se acercó al “aparatejo diabólico” y, siguiendo las indicaciones de su hijo, le dio instrucciones de llamar al teléfono del secuestrador, quien casi de inmediato respondió:
–Sí, dígame.
–Dr. Ituarte, lo sé todo.
–¿Quién habla? ¿Qué significa esto?
–Eso, en última instancia, no importa, lo que verdaderamente importa es que sé muy bien que usted secuestró esa niña ayer por la tarde, con el apoyo de su cómplice Pedro; que la niña se encuentra en su casa y que usted pretende solicitar como rescate un millón de euros. Lo espero esta noche a las nueve, mi dirección es la misma que la suya, en la planta baja, y colgó.
Casi de inmediato, llamó al número que se había indicado en las noticias y pidió hablar con Don Leodegario Rueda Ballesteros.
–Dígale que se trata de su hija, agregó.
Pasados casi dos minutos, escuchó la voz del empresario, quien atropelladamente preguntaba:
–¿De qué se trata? ¿Quién es usted? ¿Cómo está mi hija? ¿Qué quiere a cambio de regresármela?
–Don Leodegario, cálmese y escúcheme con atención. Soy el Profesor Remigio. Yo no secuestré a su hija, pero es probable que pueda rescatarla. Dígame ¿le llamaron ya los secuestradores?
–Sí, me piden un millón de euros, yo acepté pero no quiero un intercambio directo, pretenden que les entregue primero el dinero y ya después habrán de devolverla.
–Trataré de rescatarla, pero le impondré una condición. Si yo rescato a su hija y se la entrego sana y salva ¿estaría usted dispuesto a asumir el compromiso, bajo juramento, de entregar ese millón de euros a la Asociación Nacional de Ayuda a los Ciegos, de no volver a producir en ninguna de sus fábricas videojuegos de violencia, de ningún tipo, y de retirar su denuncia por el secuestro?
Después de un breve silencio, el empresario dijo resuelto.
–Sí, estoy dispuesto,
–Júrelo y deme su palabra de honor.
–Se lo juro por lo más sagrado y, por supuesto tiene usted mi palabra de honor.
–Deme el número de su móvil y acuda con la policía a la rotonda de Avenida España con Calle Valleja, en la Zona Polideportivo, a las 9 de la noche. Yo le llamaré. No siga las indicaciones de los secuestradores, al menos hasta mañana.
–Mi número es 916 303886, dijo el empresario
–Hasta pronto, dijo el Profesor, y colgó.
Se acomodó en su sillón y se dispuso a esperar que dieran las nueve. Faltando quince minutos, según la radio, se incorporó, caminó lentamente y abrió un poco la puerta de su departamento. Regresó y se sentó en una silla del comedor. A las 9 en punto escuchó unos pasos que se acercaban sigilosos, escuchó el suave rechinido de la puerta, y dijo:
–Adelante Doctor Ituarte, si prefiere puede encender la luz. Póngase cómodo.
Después de asegurarse que la mirada perdida del Profesor Cedeño delataba su invidencia, guardó en la bolsa de su gabardina el revolver que llevaba consigo y dijo con voz ronca y firme:
–No tengo tiempo que perder. ¿Cómo es que usted sabe lo que me dijo que sabe? ¿Y qué es lo que pretende?
–Pretendo que tranquilamente traiga usted la niña a mi casa y que se olvide para siempre de este disparate. Como se ha percatado está en mis manos, conozco su nombre, su profesión, el lugar donde ha trabajado quince años, su dirección, el nombre de su cómplice, es decir todo lo que se requiere para refundirlo el resto de su vida en la cárcel.
–Está usted loco, yo supuse que esperaba una parte del rescate, se da cuenta que es usted el que está a mi merced. Puedo eliminarlo con absoluta facilidad y hacerlo aparecer como parte de un robo violento.
El profesor se puso de pié con lentitud y le dijo:
–No creo que se atreva,
Se dirigió al “aparatejo diabólico”, oprimió dos veces la segunda tecla y la grabación de aquellas conversaciones inició su reproducción, mientras el Profesor Cedeño agregaba:
–En su oportunidad hice copias de la grabación de sus llamadas, las introduje en dos sobres, uno dirigido al millonario padre de la niña y el otro al Departamento Antisecuestros de la Policía. Los dejé ambos en un cierto lugar secreto al que yo acudo cada mes durante los últimos años, con la indicación de que si algún mes próximo no me presento, los entreguen a sus destinatarios de inmediato. Como ve, me temo que de ahora en adelante usted deberá ocuparse seriamente de cuidar mi buena salud.
El Doctor Ituarte se quedó perplejo y continuó escuchando las dos grabaciones hasta el final. Caminó muy lentamente y salió del departamento, con la actitud de quien acaba de ceder la plaza. En menos de diez minutos, el Profesor Cedeño escuchó de nuevo los pasos que se aproximaban y dijo:
–Recueste a la niña en la cama de mi habitación con mucho cuidado. ¿En cuánto tiempo estima que despertará?
El Doctor cumplió con las instrucciones, regreso a la sala, miró su reloj y dijo:
–En realidad la niña está por despertar.
–Váyase Doctor y rehaga su vida. Yo no quiero perder un buen guardián y seguramente el Hospital General de Villalba tampoco quiere perder un buen anestesiólogo. Cierre la puerta al salir, por favor.
Dando tiempo a que su vecino llegara a su casa, el Profesor llamó al padre de la niña y le pidió que accedieran a la planta baja del número 45 de Calle Valleja. Abrió la puerta y se dispuso a esperar. Cinco minutos después entraron al departamento de manera atropellada el padre y la madre de la niña, seguidos por la policía:
–Mi hija, ¿Dónde está mi hija?, gritaron al unísono padre y madre.
–Está descansando en la recámara, indicó el Profesor. Ella no se ha percatado de nada, no vale la pena que la pongan al tanto.
Ambos se lanzaron con premura a la habitación para abrazarla, besarla y finalmente despertarla.
El Comisario de policía se acercó al Profesor, percatándose de su situación visual, y le peguntó:
–¿Usted fue uno de los secuestradores, no es así?
–Ya no diga más tonterías Comisario, se está jugando el puesto con su incompetencia. Yo soy más bien el rescatador. Aunque sería interesante que usted me apresara y me acusara de secuestrar a la niña en pleno día en el Parque Tejera. Me gustaría ver qué hacen los periodistas con su reputación, sobre todo al saber que soy ciego y que la demanda ha sido retirada. ¿No es así, Don Lorenzo?
–Así es Profesor, se lo prometí y habré de cumplirlo. –respondió el millonario, que regresaba de la recámara, con la niña de la mano de su madre.
La niña se acercó y le dio un beso en la mejilla, diciendo:
–Gracias señor.
–Regresa a tu casa, hija, dijo el profesor.
–Vayan adelante, indicó el Padre, quisiera cruzar unas últimas palabras con nuestro amigo.
Don Leodegario Rueda Ballesteros se sentó y dijo:
–Por supuesto Profesor que cumpliré mi promesa de donar un millón de euros a la Asociación de Ayuda a los Ciegos, sin embargo también quisiera recompensarlo a usted en lo personal.
–De ninguna manera, no es necesario. Ese beso de su hija vale una fortuna, me doy por bien pagado, le respondió.
Sabe Profesor, lo que sí me resultará prácticamente imposible es cumplir mi ofrecimiento de eliminar de mis fábricas los videojuegos de violencia. El caso es que tengo accionistas, sabe, que no estarían de acuerdo con esta decisión.
El Profesor Remigio Cedeño, se incorporó, se dirigió al aparato diabólico y oprimió dos veces el botón correcto para iniciar la reproducción de la conversación que sostuvo con el empresario, cuando le dio su palabra y juró por lo más sagrado, que retiraría los videojuegos de violencia de su producción.
–Don Lorenzo, debo enterarlo que hice varias copias de la grabación de nuestra llamada, las introduje en sobres dirigidos a los principales diarios del País. Los dejé en un cierto lugar secreto al que yo acudo cada mes durante los últimos años, con la indicación de que si algún mes próximo no me presento, los entreguen a sus destinatarios de inmediato. No me quiero imaginar siquiera lo que harán los periodistas con su reputación si no cumple con su palabra de honor, y su juramento por lo mas sagrado. No me deprima Don Lorenzo, porque me puede entrar la pereza y tal vez no acuda a la siguiente visita. Por favor cierre la puerta al salir.
Bien, pues muchas gracias Profesor, dijo el millonario al retirarse.
Un poco más tarde sonó el teléfono. Era su hijo.
–Hola Padre, Qué tal, ¿te has divertido con el aparato supersónico?
–Pues la verdad es que sí, me he divertido bastante. Creo que difícilmente podrás imaginarte qué tanto, –respondió el Profesor, con una sonrisa burlona.