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El principal problema de México

 

Me trasladé de Londres, donde yo vivía, para participar, con la representación de Nacional Financiera y de la Secretaría de Hacienda, en una misión que acudió a Roma con motivo de la reunión bianual de la Comisión Mixta de Cooperación Económica, Científica y Cultural México–Italia. La Delegación de México era encabezada por el Canciller Bernardo Sepúlveda y el Embajador de México en ese país, que en aquel entonces era el Dr. Octavio Rivero Serrano, un prestigiado médico que había sido Director de la Facultad de Medicina y Rector de la UNAM, un hombre de cultura refinada y de ingenio agudo.

 

Al día siguiente a la fecha en que concluyeron los trabajos del encuentro, el Embajador invitó a quienes aún permanecíamos en la ciudad a cenar en un exclusivo restaurante en el barrio de Trastevere que había sido la Casa dela Fornarina, la célebre musa y amante de Rafael, donde además de ofrecer los más exquisitos platillos de la riqueza culinaria de Italia, trataban al diplomático mexicano y a sus amigos con una cordialidad verdaderamente excepcional.

 

El grupo de invitados era en realidad heterogéneo. Dos empresarios de indudable prestigio, dos funcionarios públicos de la Cancillería y de la Secretaría de Economía, el Representante de México ante la FAO, un académico también de renombre, y yo.

 

Fue casi al finalizar la cena, poco antes de la sesión de digestivos cuando el Embajador lanzó aquella pregunta fulminante:

 

¿Cuál creen ustedes que es el principal problema de México?

 

Nos quedamos todos muy serios y ninguno recogía de inmediato el guante del Representante de México en ese país.

 

Señor Embajador, dijo uno de los académicos, – Esa es una pregunta verdaderamente difícil. Sin duda son varios y yo no sé si me atrevería a señalar al principal.

 

De una manera u otra todos lo secundamos, hasta que uno de los empresarios propuso:

 

¿Por qué no ponemos algunos sobre la mesa, los comentamos y vemos si podemos coincidir en cuál es el principal?

 

Asentimos y ordenamos los digestivos, dispuestos a compartir una larga y agradable velada.

 

Los comentarios y observaciones fueron muy ricos, pero en esta ocasión me limitaré a señalar la conclusión final y a destacar algunos de los argumentos:

 

Al final de aquella espléndida cena, coincidimos todos en que el principal problema de México era la Televisión Comercial, Televisa y TVAzteca específicamente.

 

El Embajador de México que además de los cargos a que hice ya mención había desempeñado el puesto de Subdirector Médico del Hospital General de la Secretaría de Salubridad y Asistencia y el de Presidente de la Academia Nacional de Medicina, nos relató el terrible impacto que ha causado la Televisión Comercial en la salud de los mexicanos, distorsionando los hábitos alimenticios y promoviendo masivamente los productos chatarra. Destacó que de acuerdo a las tendencias, este influjo nocivo, creciente e impune colocaría sin duda a México en el primer lugar mundial en sobrepeso y obesidad de adultos y niños, lo que aumentaría dramáticamente los casos de diabetes y, en consecuencia, la mortandad infantil. Cabe señalar que este vaticinio fue certero y gracias a la Televisión Comercial y la complicidad gubernamental México ocupa ya ese primer lugar denigrante.

 

El relato fue extenso y fundamentado con cifras y datos científicos. Recuerdo que el Embajador concluyó manifestando:

 

En mi opinión la Televisión Comercial es el enemigo público número uno. La Televisión Comercial crea los problemas o se convierte en el principal obstáculo para resolverlos. No cabe duda que se trata del principal instrumento educativo y que su influencia es y será cada vez más extensa. Si se utilizara bien, en beneficio real de la sociedad, seríamos otro país y podríamos mejorar de manera extraordinaria la salud de los mexicanos.

 

Uno de los académicos se refirió a la afectación de la Televisión Comercial en la cultura familiar. Entre sus diversos fundamentos recuerdo los siguientes:

 

La programación de la TV Comercial en México tiende a promover una incomunicación creciente y peligrosa entre las familias mexicanas. A diferencia de lo que ocurre en Gran Bretaña con la BBC que induce a la interacción de la familia, en el caso de nuestro país, estos dos consorcios televisivos de alcance nacional, producen programas especializados para la madre, para el padre, para el hijo varón, para las niñas y también para el joven y la joven adolescentes. Cada uno requiere de un televisor personal, de un espacio propio y de la incomunicación familiar.

 

Podría ser la TV una factor de vinculación familiar, pero no lo es. Los valores que ahora prevalecen no son más los que inculca la familia, sino lo que deciden los comerciantes de la comunicación. Nadie hace nada por tener injerencia. El Estado les entrega la audiencia desprotegida. Por supuesto los valores que proliferan son los que dicta una estrategia de consumismo generalizado. Poseer productos de todo tipo, aún los inútiles, se va convirtiendo en el objetivo fundamental de la sociedad. Los reconocimientos de valor dependen de los bienes y servicios que se consumen. Dinero, dinero, dinero, y ganar más dinero, se constituye en una obsesión colectiva.

 

En un principio la TV promovía el teatro de calidad literaria, la buena música, clásica y popular, el buen cine, sobre todo nacional, pero conforme los emprendedores iniciales fueron entregando las riendas de sus negocios a sus hijos, graduados en Bussines Administration en universidades americanas y desprovistos de todo principio de relación humana, la programación cambió y lo único preponderante fue la maximización de las ganancias y la imposición de los valores propios de la cultura anglosajona. Las nuevas películas norteamericanas y las telenovelas mexicanas convencen a los jóvenes que lo único importante que hay que lograr en la vida es acumular dinero y propiedades. Es la única manera en que un televidente puede tener un valor. Comprar, comprar, comprar es la consigna.

 

En las familias más pobres, el buen padre no es más el que obsequia un buen libro a sus hijos, sino el que acepta la petición de las hijas de destinar medio salario mínimo diario para hacer una llamada y salvar a un aprendiz de mal cantante del programa de competencia. Los mercaderes de la televisión Comercial descubrieron que la pobreza y la ignorancia pueden convertirse en un jugoso negocio lucrativo.

 

Uno de los empresarios sustentó su coincidencia con la conclusión colectiva en el terrible desprecio por la vida que difunde y promueve la Televisión Comercial:

 

La violencia extrema es vista también como un extraordinario negocio. No sólo la violencia cada vez más cruel a través de películas extranjeras y nacionales y telenovelas, sino también por conducto de los videojuegos, negocios colaterales de los mismos inversionistas. Un estudio reciente demuestra que un niño de trece años en México no sólo ha presenciado, en promedio, 50 mil crímenes violentos en la televisión, sino que personalmente ha cometido siete mil asesinatos a través de los videojuegos.

 

Esa terrible violencia que la TV Comercial justifica cuando es ejecutada por los buenos, a sabiendas de que nadie, ni el más cruel de los sicarios del narcotráfico, se considera como parte de los malos.

 

La violencia ha iniciado una escalada y seguirá aumentando año con año. La pobreza, la corrupción, la falta de oportunidades laborales para los jóvenes, la explotación de los trabajadores y la violencia como gran negocio mercantil de la Televisión Comercial es una combinación explosiva.

 

El segundo académico sustentó su conclusión haciendo referencia a los estereotipos de belleza que ha impuesto la Televisión Comercial en México, frustrando a millones de mujeres jóvenes. A través de sus programas y películas importadas fundamentalmente de Estado Unidos.

 

 Convencer a millones de mexicanos y mexicanas de que el prototipo de belleza femenina es el de una mujer delgada, alta, de piel blanca, de preferencia rubia, de cuello largo, de nariz recta o respingada, de ojos grandes, de preferencia verdes o azules y de labios finos y delgados, cuando la abrumadora mayoría de las mexicanas no son de ninguna manera flacas, más bien de estatura media o baja, de piel morena, de cabello negro, de cuello corto, de nariz más bien chata, de ojos negros pequeños y rasgados y de labios gruesos y sensuales, es criminal, absolutamente criminal. La frustración de millones de mujeres mexicanas es un acto funesto de la Televisión Comercial.

 

En sus programas diarios la TV Comercial trata de convencer a muchas mujeres mexicanas de que sólo son un objeto sexual, sólo así tienen valor, pero eso sí, sólo las “bellas tienen éxito”. Aunque no importa tanto que sean “feas” porque se pueden transformar si consumen cosméticos y productos de belleza para de paso alimentar otro extraordinario negocio de los mismos inversionistas.

 

Yo comenté que en mi opinión la informalidad laboral en México se había acentuado con los procesos acelerados y desordenados de emigración de las zonas rurales hacia las ciudades. Les narré que:

 

En algún momento en Nacional Financiera consideramos que valdría la pena reflexionar no sólo sobre las causas de la expulsión, que han sido objeto continuo de diversos estudios, sino que también sería aconsejable analizar las causas de la atracción poblacional hacia las grandes urbes.

 

En la banca de desarrollo tuvimos prohibido durante muchos años canalizar respaldo financiero de fomento a las empresas localizadas en las grandes urbes, las llamada “zonas de crecimiento restringido”: Guadalajara, Monterrey y la Ciudad de México. En el país se pensó durante mucho tiempo que la concentración de la actividad industrial alrededor de los grandes centros de consumo inducía o estimulaba la inmigración desordenada.

 

Decidimos contratar los servicios de dos firmas especializadas para que realizaran un estudio y nos precisaran en qué medida la concentración industrial era responsable de la inmigración hacia las tres principales ciudades del país.

 

El resultado del estudio confirmó que se trataba de una hipótesis falsa. La actividad industrial no tenía la menor influencia en este fenómeno. La explicación era muy simple. Ninguna industria contrataba trabajadores si no tenían más de dos años de radicar en las ciudades. Para qué hacerlo, si siempre se había dispuesto de un ejército creciente de desempleados, con algún grado de calificación o experiencia, que ya estaban establecidos en la ciudad, marginalmente es cierto, pero en ultima instancia ya radicados en ese ámbito difícil que ya conocían y más o menos dominaban.

 

Se identificaron dos razones fundamentales de la atracción poblacional. Por una parte, los grandes proyectos gubernamentales de obra pública de infraestructura en las ciudades, las llamada “obras faraónicas”, como el metro, los ejes viales, los segundos pisos, etc. Siempre retrasados en la planeación y presupuestación y siempre con prisa en la ejecución para que la Administración en turno, y en particular el “Señor Presidente de la República”, pudiera inaugurar las obras. Esto ocasionaba que los constructores, una vez que finalmente recibían los anticipos, requirieran con especial urgencia de la participación temporal de un número significativo de trabajadores que ante tal demanda se trasladaban del campo a la ciudad. Al concluir las obras, esos inmigrantes temporales y sus familias entonces desempleados, ya no quisieron regresar a sus comunidades de origen, que habían abandonado con el espejismo de la tierra prometida. Surgieron las grandes zonas marginadas alrededor de las ciudades. La única opción de sobrevivencia era la informalidad. Qué hacer con ellos fue algo que nunca se planeó, en ultima instancia el problema se podía transferir a la siguiente administración o, en última instancia, a la siguiente generación. A este factor se le adjudicaba el 25 % de la influencia de atracción. Diez por ciento correspondía a “otros factores”.

 

Se nos confirmó que el factor determinante de atracción poblacional hacia las grandes urbes, con un 65 %, había sido sin duda la Televisión Comercial, que había llegado hasta las más apartadas regiones y comunidades, pregonando que la única vida que valía y vale la pena vivirse es la de las ciudades. En la TV mexicana, a través de las películas y programas norteamericanos que difunde, pero sobre todo por conducto de las polémicas telenovelas, nada sucedía, y nada acontece todavía, en las zonas rurales. Se ignoró por completo la vida de los campesinos.

 

El Embajador Rivero Serrano concluyó diciendo algo más o menos así:

 

– Pero la Televisión Comercial también llegó para decirles veinticuatro horas al día a la población mexicana que el ser humano vale en función de lo que consume, y para mostrarles, a través de comerciales, no muy creativos por cierto, todos los productos y servicios atractivos a los que jamás tendrían acceso permaneciendo en las zonas rurales. El negocio fue convencer a los hijos de que persuadieran a sus padres de trasladarse a las ciudades, con el claro propósito de ampliar masivamente el mercado de consumo y facilitar su explotación, aunque esto viniera a ampliar con delicadas consecuencias las zonas de marginación y pobreza urbana extrema dentro de una ciudad herida.

 

Coincidí y sigo coincidiendo con la afirmación del Embajador y de todos: “La Televisión Comercial es el enemigo público número uno en México”.

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