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Un homenaje a mis sencillos cuates argentinos

 

Buenas noches, buenas noches tengan todos ustedes, aunque yo más bien debería decir magníficas noches. Sólo para estar más acorde con mi categoría. ¿No les parece?. Estoy seguro que estarán de acuerdo en ello pues tenéis apariencia de inteligentes. Aquellos que somos extremadamente inteligentes, como es mi caso, tenemos una facultad especial para detectar la inteligencia, por escasa que esta sea. Incluso fuera de la Argentina, que también se da algunas veces, ¿Porqué no?. La inteligencia extrema, un don que Dios ha tenido el acierto de concedernos.

 

Pues bien. He querido dirigirme a vosotros para haceros partícipes de alguna de mis múltiples anécdotas, aunque para ser sincero debo decir que en mí, las anécdotas suelen ser fascinantes aventuras, hechos notables, acontecimientos inolvidables, sucesos únicos.

 

El evento al que me quiero referir esta noche es, sin embargo, poco relevante, pero vale la pena contarse. Se trata de un Foro Internacional que recientemente organizaron en la bellísima e inigualable ciudad de Buenos Aires, el Ministerio de Economía de mi ilustre país y la Organización para la Cooperación Económica, esa que está en un Castillo en París. Participaron supuestos expertos de varios países y dos o tres brillantes especialistas argentinos. Yo estaba seguro de que recibiría una invitación para obsequiar, al menos, una conferencia magistral, de esas que suelo dictar, que dejan huella imborrable, que enardecen al auditorio, de las que se habla por largo tiempo en los diarios.

 

Pero se llegó la fecha del evento y yo no recibí la esperada invitación. Después me enteré que el culpable de esta omisión imperdonable fue el Directorcillo del Centro de Desarrollo de esta organización, un pibe de origen italiano, un tal Pezzini. Vos sabéis como son los italianos de ignorantes y pretenciosos. Se creen no sé que cosa, tan sólo porque algunos de ellos tienen apellidos argentinos. Pero eso no basta, os lo aseguro. Yo más bien creo que tienen mucha envidia de los argentinos, lo cual se explica.

 

Bueno, el hecho es que me envolví con uno de mis tantos trajes Boss, uno de los grises con los que me veo macanudo, y me presenté al mentado Foro. Encontré tal grado de desorganización que, no lo van ustedes a creer, ninguno me esperaba, ni un viceministro, ni un ejecutivo, bueno ni siquiera una edecán hermosa. Habrase visto. Yo, armado de paciencia, me dirigí al estrado y simplemente me senté en una de las sillas del Presidium. Me llené de condescendencia y me dispuse a esperar. Creo que todos o casi todos, según escuché, habían salido a recibir a la Jefa de nuestra gran Nación, que venía a inaugurar el evento. De repente, uno que pasaba con premura se acercó y me preguntó

 

–¿Pero qué hace usted sentado allí?

 

Claro, un tipo inteligente, pero con prisa, que con seguridad se había percatado que yo no debería estar ahí sino al frente de la comitiva especial que recibía a la Presidenta de la República Argentina. Tipo inteligente sin duda.

 

Comenzaba el alboroto en la sala cuando otro joven, también apresurado, me dijo

 

Pero usted qué hace aquí, tiene que levantarse, este lugar no le corresponde.

 

Yo le respondí:

 

Pues ya sé que no me corresponde, yo sé bien que debería estar sentado más al centro, cuando menos al lado del Secretario General de la Organización esa y junto, muy junto a la Presidenta, pero todo aquí es un desorden inaudito, un verdadero caos.

 

El joven tomó el celular y llamó, seguramente para alertar a alguien de este error inexcusable. Entonces llegaron dos guardias, me tomaron de los brazos y me dijeron

 

–Lo vamos a acompañar a un lugar donde estará más cómodo.

 

–¿Cuestión de seguridad, –es pregunté?.

 

Y me respondieron

 

–Sí, en efecto, se trata de su seguridad. –respondió uno de ellos

 

Es muy probable que los periodistas y, sobre todo, la muchedumbre ya se habían percatado de mi presencia y podrían en un cierto momento desbordarse hacia mí, qué sé yo para solicitarme una declaración importante o tan sólo verme de cerca o en busca de un autógrafo, lo cual sin duda es siempre riesgoso cuando adquiere dimensiones extremas y podría, en efecto, poner en peligro mi integridad. Yo lo entiendo, se trata de mi seguridad personal que sin duda es sumamente valiosa.

 

Instalado en un lugar exclusivo y seguro en el fondo del auditorio, a salvo y retirado de los muchos, escuché el mensaje del Secretario General de la OCDE. Y no lo van a creer, pero en su discurso no me mencionó ni una sola vez, lo cual seguro fue culpa de su spiraiter. Yo me pregunto en qué estaba pensando este jovenzuelo para perder semejante oportunidad de imprimirle un carácter brillante y en verdad trascendente a su evento.

 

Luego pensé que quizás alguno de los burócratas del Ministerio había sugerido no invitarme como expositor para que los iluminara con una de mis geniales conferencias, temeroso de que hubiese yo acabado con el cuadro. Me pareció explicable, porque después de mi intervención, con esas cosas lindas que yo digo, qué sentido habría tenido escuchar a todos los demás.

 

De todas maneras, aún cuando estaba casi a punto de perdonarlos, decidí castigarlos y dejarlos sin mi presencia. Me retiré, así sin más ni más, sin escuchar siquiera el mensaje de la Presidenta. Ellos se lo buscaron, ellos se lo ganaron. Además era ya casi la hora de asistir a la cita con mi peluquero. Y Uf cuando llego tarde se enfada de una manera que no se imaginan. Claro él es todo un estilista de belleza y conmigo se regocija en su profesión. Además justo ese día era un día memorable, una gran fecha. Una fecha histórica habría dicho yo si no fuese tan admirablemente modesto y tan envidiablemente sencillo como soy.

 

Ese día era nada menos que el día de mi cumpleaños y yo estaba dispuesto a celebrarlo con un acto de humildad extrema, así que ni grandes fiestas, ni homenajes, ni develaciones de placas, ni nada de eso, que es más o menos habitual. Así que tan sólo me arrojé con la mayor sencillez en uno de los sillones esos de Luis XV que tengo y que me heredó alguno de mis antepasados ilustres, y me limité a llamar por teléfono a mi madre para felicitarla.

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