Mario López Espinosa
Homenaje a un gran maestro
Otro de los grandes maestros que he tenido en mi vida, lo fue Don Horacio Flores de la Peña, insigne economista coahuilense, quien fuera Director de la Escuela de Economía en la UNAM, ideólogo del modelo de desarrollo compartido, Secretario de Patrimonio Nacional más tarde y después de asumir la Presidencia del CIDE, Embajador de México en Unión Soviética, Italia, Chile y República Checa.
Quiero primero referirme a su etapa de titular de la Representación Diplomática de México ante la Unión Soviética. Yo desempeñaba en ese entonces el cargo de Consejero Financiero de la Embajada de México en Gran Bretaña y simultáneamente el de Representante de Nacional Financiera en Europa. El Maestro de la Peña tenía que venir a Londres con cierta periodicidad a someterse a un tratamiento que lo alejó finalmente de continuar con su otra gran afición de “Sommelier” continuo. Cada dos meses mi amigo y compañero Daniel Dultzín, que a su vez actuaba como Consejero Económico en la Embajada, y yo recibíamos al Maestro en el aeropuerto y lo llevábamos a todo lo que debía y quería hacer en Londres. Cada visita disfrutábamos cuando menos de una cena, en que todo lo que nos contaba, narraba y compartía era mágico. Creo que durante nuestra estancia en Inglaterra ni una sola vez faltamos a esa cita. La verdad es que lo queríamos y respetábamos de manera especial. Aprendimos tanto. Esperábamos esos encuentros con un gran interés e incluso con entusiasmo.
Yo no sé si el Maestro Flores de la Peña era uno de los mejores embajadores de México en activo, pero muy probablemente era uno de los más interesantes y divertidos y eso sí, con seguridad el más malhablado de todos. De cada diez palabras al menos seis provenían de la picardía mexicana, pero debo reconocer que siempre eran estratégicamente utilizadas.
A cargo ya de la Embajada de México en Italia, el Maestro continuó realizando sus viajes de tratamiento a Londres, por lo que mis encuentros con él se dieron con mayor frecuencia, ya que además de estas visitas, como Representante de NAFIN en Europa tenía que informarle periódicamente de todo lo que con ese país hacíamos o pretendíamos realizar y tenía acuerdos con él al menos cada bimestre. En ese país, Don Horacio, además de mi amigo, era mi Jefe.
El Maestro programaba nuestro Acuerdo siempre a las doce del día, para así, al concluir, irnos a comer a algún excelente restaurante de los muchos en los que él era parroquiano. Para mí esta decisión era una verdadera fiesta. Recuerdo que me insistía en que tomara yo vino y él mismo lo seleccionaba. Yo tomaba por ambos pues él, hacía ya tiempo, que se había agotado toda su cuota.
Debo aclarar, por otra parte, que tres veces en mi vida he sentido un dolor intenso, agudo, terrible, fulminante. Justo en el mismo lugar en la espalda, a la altura de la cintura, por ahí donde habitan los riñones. Nunca he sabido qué fue, los doctores que consulté me aseguraron que mis riñones funcionaban bien y no detectaron órgano alguno que funcionara mal. Estos tres dolores paralizantes se presentaron con dos años de intermitencia y el terrible visitante no ha vuelto a presentarse afortunadamente desde hace ya mucho tiempo.
El primero de estos ataques se registró en Roma, justamente en la Oficina del Maestro Horacio Flores de la Peña, durante uno de nuestros Acuerdos periódicos. Le explicaba, recuerdo, de nuestros planes para promover una alianza estratégica entre pymes italianas y mexicanas para exportar de manera conjunta a los Estados Unidos, conjugando la creatividad italiana y la alta productividad de la mano de obra mexicana, además de cercanía geográfica con el mercado objetivo, cuando sentí la puñalada. Interrumpí la conversación, me llevé las manos a la cintura y le dije balbuceando
–Espéreme tantito.
Me dijo después que yo había palidecido súbitamente y que mi expresión era en verdad trágica, alarmante. Pero entonces me dijo:
–No chingues cabrón. No te vayas a morir aquí en mi oficina. Tu no tienes la más puta idea del desmadre burocrático que significa sacar un pinche cadáver de Italia. Es la locura. No seas pendejo. Aguántate tantito y te vas a morir a Londres, que es un país mucho más civilizado.
La verdad es que nunca había experimentado la extraña sensación de carcajearme mientras soportaba un dolor intenso. Poco después he sabido que la risa sirve para vivir más. Creo que el Maestro lo sabía. Jamás olvidaré ese sentido del humor, agudo, macabro incluso, pero extraordinariamente estimulante. Por fortuna aquello sólo duró unos minutos. Nos reímos mucho poco después mientras comíamos y él imitaba mis caras de dolor y me decía.
–Lo que pasa es que eres un pinche culero chillón.
Supe siempre que se había asustado y que estaba contento de mi inmediato restablecimiento.