Mario López Espinosa
Incongruencias canallescas
“Y en mi encontrareis siempre, trabajadores españoles, un luchador incansable e invencible del respeto a sus derechos, que son sagrados. No permitiré que patrón alguno eluda sus responsabilidades legales de cubrirles un salario justo, Un salario mucho más allá del mínimo que establece la Ley, que sea acorde con su gran esfuerzo laboral y su extraordinaria aportación al desarrollo económico y social de España. Seré implacable con aquellos que se atrevan a eludir el otorgamiento de las prestaciones de ley, que deben garantizar a todos nuestros trabajadores, independientemente del sexo, del tipo de trabajo, de la edad y del origen, una vida digna y sana y un futuro pleno de tranquilidad y suficiencia para sus familias”. Así concluyó su emotivo discurso Don Germán Méndez de Vigo y Santamaría, el Ministro de Empleo y Seguridad Social, aquel primero de mayo en el Gran Congreso de los Trabajadores de España, quienes se desbordaron en aplausos, aclamaciones y gritos de entusiasmo, después de lo cual regresó a su residencia extraordinariamente satisfecho y todavía abrumado de tanta felicitaciones y abrazos. Menuda sorpresa se llevó al ser recibido por su abnegada esposa con una queja alarmante:
–No te lo imaginas pero esta tarde, Charkia, nuestra empleada, se atrevió a decirme con gran desfachatez que si sería posible que le paguemos el salario mínimo que establece la Ley. ¿Podrías creerlo? Que últimamente ha gastado mucho en doctores con su nueva enfermedad y que ya no les envía casi nada a sus hijos. Seguramente alguien la está mal aconsejando.
–¿La ley? – replicó el Ministro, que venía envalentonado con su reciente discurso –¿Cuál ley?, si ella es una ilegal. Debiera de vivir eternamente agradecida de que no la denunciemos ante las autoridades de migración. ¿Y nosotros qué tenemos que ver con sus problemas?. ¿Para qué tuvo hijos? Está pagando el precio de su irresponsabilidad. Todas las familias decentes en España le pagarían lo mismo o incluso menos que nosotros. Dile que debe tomar en cuenta que le damos casa y algunas veces hasta come lo mismo que nosotros, por lo que no le cobramos ni un céntimo.
–Pues también me preguntó que si no podría bajarle la jornada de trabajo a diez horas, porque con la enfermedad estaba muy cansada. Y que también le preocupaba que pasaría con ella después de cumplir los sesenta, pues ya está muy cercana. No sé que pretendía insinuarme.
–Haragana es lo que es. Se le olvida que le damos cada semana todo un medio día libre. Y cuando ya esté muy vieja para trabajar pues lo que deberá hacer es regresar a su pueblo en Marruecos, donde todo es más barato y de donde no debió haber salido nunca. Y también dile que tenga mucho cuidado con sus quejas desmedidas, porque yo soy un Ministro del Gobierno de España y puedo hacer que las cosas no sean muy agradables para ella.