Mario López Espinosa
La isla del naufragio
Seguramente lo recordarás. Se trata del naufragio del crucero “Aurora” que se suscitó hace poco más de dos años en el trayecto entre Martinica y Barbados. Yo soy uno, o tal vez el único de los sobrevivientes que aferrado a una llanta de salvación de madera arribó medio muerto a esta pequeña isla que yo he bautizado con júbilo como: “La Isla del Renacimiento Mágico”.
Son muy diversos los elementos determinantes que me hacen confirmar que el principal yacimiento de agua dulce de mi isla mágica no es otro que la, tan buscada por varios siglos, fuente de la eterna juventud. Baste señalar que los trece únicos aborígenes que habitan la isla, ahora conmigo, (7 hombres y 6 monumentos de mujer) representan a tres generaciones, pero usted al verlos podrá jurar que son hermanos adolescentes todos. También puedo destacar que gracias a mis baños matutinos en este mágico manantial las variadas y agudas arrugas de mi cuerpo se han desvanecido por completo, mis músculos han embarnecido, mis cabellos abandonaron el blanco y han vuelto a adquirir ese tono de negro azabache de antaño, en una cabellera que seguramente sería la envidia de cualquier joven músico de la actualidad o de la más bella modelo rusa de occidente. Además, ahora puedo nadar cuatro mil brazadas sin interrupción o correr desde el amanecer hasta el anochecer sin verdadero cansancio. Todos los antiguos malestares se han esfumado. Creo que soy inmensamente feliz, aunque algunas noches me invade la tristeza por no poder compartir semejante bendición con alguno que otro forastero.
Por otra parte, mis exploraciones diarias se han tornado cada vez más emocionantes. Tengo pruebas fehacientes de que la “Isla del Renacimiento Mágico ” es justo la isla misteriosa que operó como refugio y escondite favorito de los más grandes piratas del Siglo XVIII, algunos de los cuales no volvieron jamás a desenterrar sus tesoros. Yo he encontrado únicamente cuatro de estos cofres gigantes, que seguramente requirieron de al menos seis corsarios para transportarlos. Doblones de oro, perlas inmensas como cerezas, diamantes de mil colores, esmeraldas, reliquias zafiros, tiaras deslumbrantes, rubíes, turquesas y otras joyas, ornamentos y piedras preciosas desconocidas. Todas las riquezas que uno puede imaginar y que en esta isla sólo sirven para nada, absolutamente nada. Y digo solamente cuatro arcas porque los aborígenes me han confirmado que el hermano bisabuelo que murió poco antes de que yo llegara, fulminado por un rayo diabólico, les había asegurado que en la isla había enterrados tantos tesoros como árboles secuoya gigantes había en la isla. Es decir treinta y dos. Tesoros que eran considerados como una maldición por los nativos que sólo esperaban que algunos de sus dioses vinieran a liberarlos de esta amenaza y se llevaran tan temibles talismanes fuera de su isla, a fin de recuperar nuevamente su condición de sagrada.
No quisiera dejar de narrarles mi aventura continua de estallido sexual con los seis monumentos al amor y la sensualidad que los aborígenes me han obsequiado graciosamente. Entre ellos no mantienen relaciones pues saben de su parentesco y de los riesgos implícitos. Yo, que nunca tuve una familia ahora tengo seis esposas o más bien debería decir seis amantes. Mi llegada les ha traído alegría a ellas de lo que todos están contentos. La belleza más sofisticada. La tés más tersa jamás acariciada, los senos erguidos y desbordantes de lujuria, los más apetitosos muslos que actúan como hermosos pedestales de las más impresionantes y voluptuosas caderas que he visto en mi vida. Cada dos días alterno mi regocijo sexual con esas Diosas del amor insaciables que no ceden nunca. Dieciséis orgasmos acompañados de treinta y dos carcajadas de éxtasis registró la morena de los ojos verdes en la última de mis aventuras eróticas. Es evidente que necesito de un respaldo solidario con urgencia.
Si tuviera más papel os narraría con detalle de la exquisitez y variedad insólita de las frutas y verduras exóticas de la isla o del suculento manjar de pescados y aves nunca vistos y ni siquiera imaginados.
Los nativos comparten todo entre ellos y conmigo, y disfrutan intensamente del compartir, que, sin duda, constituye su mayor deleite. Y es por tal lección que he decidido utilizar esta botella que me trajo el mar hace ya unas muchas lunas y esta hoja seca que se asemeja tanto a una de papel, para invitar a compartir conmigo las maravillas del Mágico Renacimiento a cinco hombres de la quizás mal llamada civilización occidental. Tendrán que echar mano de toda su capacidad de localización y de su inteligencia, pero no quiero sorpresas ya que únicamente compartiré mis múltiples tesoros cuando arribe el quinto explorador. Ni uno más, ni uno menos. Ninguna de mis mujeres se quedará sin forastero. Sería una humillación imperdonable para ellas. Pero también debo aclarar que para ser elegibles, mis invitados deben llegar solos a la isla. Los nativos, que tienen las excepcionales virtudes de pintarse de verde y confundirse con la selva y de no errar con sus flechas a 300 metros de distancia, tienen la instrucción de, ante el arribo de un grupo, eliminar al resto dejando con vida a sólo uno de ellos. Os espero a los cinco, asegurándoles que será una experiencia que cambiará su vida para siempre.