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La máscara de aguacate

 

Vivíamos en Londres en aquel entonces, cuando una noticia se publicó en los medios, relatando un evento que sucedió más o menos así:

 

En una muy pequeña población rural, muy cercana a la capital de Inglaterra, habitaba en una hermosa casa de dos pisos y techo de dos aguas, una pareja sola de adultos casi mayores. Un día de tantos, después de desayunar, el marido se despidió para dirigirse a su trabajo y la esposa decidió iniciar sus tareas cotidianas con el arreglo de su persona. Subió a su habitación y comenzó con el habitual tratamiento de su cabello. Colocó un nuevo tinte, ahora, por cierto, color naranja, más que pelirrojo, agregó laboriosamente unos amarres a sus rizos con pequeños trozos de papel de estaño. Después preparó la sofisticada pasta embellecedora elaborada a base de aguacate y la fue colocando con particular cuidado en su rostro y cuello. Se trataba de una mujer que apenas rebasaba el medio siglo, pero que se aferraba a su belleza y juventud con una furia indómita y desatada. Un mujer frívola que disfrutaba de vivir en la comarca de la intrascendencia.

 

La sorprendió el timbre del teléfono, que decidió no responder, para no estropear el costoso tratamiento, cuyas indicaciones recomendaban de manera especial permanecer impávida por no menos de 20 minutos después de la aplicación. El contestador la enteró, al registrar la llamada, que su esposo le llamaba desde su oficina para informarle que regresaría esa noche más tarde que de costumbre. 

 

Ataviada con aquella bata de colores contrastantes que había comprado en sus recientes vacaciones en Argel, se recostó en el sillón a esperar el tiempo previsto y para recordar aquellos tiempos en que su rostro bellísimo, atraía como imán embrujado las miradas de los hombres de todas las edades y posiciones. Y justo en ese momento escuchó un ruido extraño en el piso inferior, que con seguridad provenía de la sala. Su sorpresa fue grande y se alarmó al reflexionar que no era posible que se tratase de su esposo. El trayecto a su oficina le llevaba cuando menos cincuenta minutos y hacía apenas diez que había enviado el recado telefónico. Nadie más la visitaba y, en todo caso, ninguna persona inofensiva se habría atrevido a ingresar sin haber llamado a la puerta. 

 

Escucho de nuevo un sonido extraño, como si se abriera un cajón. Comenzó a angustiarse seriamente. Se trataba sin duda de un ladrón, de un ladrón, en el menos peor de los casos. Su corazón palpitó en forma agitada y se sintió prisionera en una trampa sin salida. Por supuesto que no intentaría bajar la escalera por ningún motivo. Que se lleve todo, pensó, pero que no vaya a hacerme daño. Pero, dónde esconderse. El terror se le vino encima cuando escuchó con claridad el familiar rechinido del sexto escalón de la escalera. De inmediato abrió con especial cuidado las puertas del ropero y se introdujo con sigilo. Cerró y quedó petrificada, inmóvil, aguantando incluso la respiración al escuchar abrirse la puerta de su recamara. 

 

El ladrón se introdujo muy despacio en la habitación, venía enmascarado con un pasamontañas negro, se había retirado los zapatos y caminaba con especial  sigilo. Ella recordaba angustiada que no hacía mucho tiempo, apenas el año anterior, una ama de casa había sido objeto de violación y brutalmente asesinada en una población vecina. Escuchó con terror como el siniestro ladrón abría el primer cajón de su cómoda, donde sin duda encontraría el pequeño cofre con sus pocas pero valiosas joyas, herencia de familia. Así, con los ojos desorbitados, fue imaginándolo abrir cada uno de los cuatro cajones de la cómoda y, en paralelo, registraba con gran tristeza la pérdida de sus “modestos” objetos valiosos. El pavor llegó a su clímax al identificar que el ladrón abría el cajón del buró de su marido, donde de manera imprudente guardaba una pistola, "para la defensa de la vida de ambos ante el eventual ataque de un ladrón", solía decir su cónyuge. El hombre encapuchado, en efecto, se estremeció al encontrar el revolver, que decidió introducir en aquel maletín muy apropiado que localizó en un closet en el cuarto contiguo. Sólo faltaba el ropero.

 

El ladrón abrió con cierta violencia las puertas de aquel ropero que atoradas se resistían a descubrir a su propietaria. Ella levantó los brazos, como una cantante de ópera, lanzó un terrible grito destemplado, que seguramente se escuchó en varias millas a la redonda. Un aullido aterrador que viniendo de aquel ropero antiguo de maderas muy gruesas, parecía mas bien provenir de la mismísima ultratumba. El susto para aquel ladrón fue mayúsculo, terrible. La imagen de aquella mujer con una capa multicolor, con la cara verde, el cabello naranja, las puntas metálicas plateadas en la cabeza, con los brazos en alto y lanzando aquel grito demoníaco, debió parecerle una aparición infernal. Preso del terror, el ladrón se llevó las manos al pecho y se desplomó aniquilado por un fulminante ataque cardiaco.

 

La mujer continuó gritando por unos minutos, hasta que se percató de la absoluta inmovilidad de su atacante. Temblaba al intentar salir del ropero, tropezó sobre el cadáver y gritó todavía más fuerte. Se incorporó de inmediato y salió dando tumbos para descender despavorida por la escalera. Abrió la puerta principal para salir, pero se regresó de inmediato al pensar que podría estar algún compañero del maleante afuera. Sin cerrar la puerta se dirigió a la cocina, sacó el cuchillo más grande que encontró en un cajón y esperó unos minutos para calmarse. Seguía llorando al tomar el teléfono y llamar a su esposo a quien trató de explicarle lo sucedido entre lágrimas y sollozos. 

 

Cálmate –le gritó el esposo en varias ocasiones. –Es absolutamente importante que regreses y te percates si el ladrón continua en el estado en que lo dejaste.

 

Subió temblorosa, con el teléfono en una mano y el cuchillo en la otra. Confirmó que el ladrón permanecía inerte, “con las manos en el pecho y los ojos abiertos y muy fijos mirando hacia el techo”, explicó. 

 

No toques nada, y espera a que vuelva a llamarte en un minuto, exclamó el marido. 

 

Ella esperó en el pasillo, entre la recámara y la escalera, mirando de reojo y con pavor el cadáver, hasta que sonó de nuevo el teléfono. En esta ocasión era un abogado buen amigo de ellos, quien le pidió que le relatara con todo detalle lo acontecido. 

 

No muevas ni toques absolutamente nada, –le recomendó el consejero, –será muy útil también que no cambies en nada tu indumentaria y, sobre todo, que no te retires la aplicación de esa crema de aguacate ni los papeles plateados de la cabeza, hasta que llegue la policía. Yo le llamaré.

 

Tras unos minutos, por la puerta principal, todavía abierta, entraron corriendo dos oficiales de policía que subieron con gran rapidez la escalera y tremendo susto se llevaron al ver en el pasillo a aquella mujer con la misma imagen terrible que sobrecogió al ladrón, sólo que ahora llorando a gritos y con un gran cuchillo en la mano, al grado tal que uno de los policías al tratar de retroceder, rodó por las escaleras y tuvo que ser hospitalizado de urgencia.

 

Los detalles posteriores ya no importan tanto, sólo debe mencionarse que la pareja tuvo que cambiarse de población tres semanas después, no pudiendo resistir el constante flujo de curiosos visitantes que acudían al pequeño pueblo expresamente para conocer de cerca a aquella mujer, cuya imagen había matado de miedo a un terrible ladrón y había dejado inválido a un oficial de policía.

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