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¿Llevará  mi nombre?

Fue durante aquel extenso período de trabajo en Nacional Financiera. Coordinaba yo el Programa Global para el Desarrollo de la Microempresa. Andábamos impulsando proyectos productivos en comunidades marginadas con base en la metodología que había yo diseñado en conjunto con los propios productores de muy bajos ingresos, aunque más bien debería de decir productoras, pues en la gran mayoría de los casos se trataba de mujeres, que en mi México querido e injusto, por desgracia siempre han sido y siguen siendo las más pobres de los pobres.

Visitábamos la comunidad de las Ánimas, en el Municipio de Aquismón, en la Huasteca Potosina. La situación era delicada, pues por segundo año consecutivo se enfrentaba una helada particularmente severa. Y el cultivo del Guayabo, de nuevo dejaba de ser su fuente principal de sustento.

En el atrio de la iglesia explicaba yo a treinta o cuarenta mujeres de la localidad, casi todas las mujeres del pueblo, cómo podría funcionar el proyecto productivo que les invitábamos a construir de manera conjunta en su comunidad.

Frente a mí, a menos de un metro, me miraba fijamente una mujer muy delgada, o bien flaca para ser más preciso, con una expresión de curiosidad manifiesta y evidente escepticismo. Uno de los compañeros de NAFIN, que acompañaba la expedición, Héctor Fernández Moreno, me señaló́ con poco tino, refiriéndose a su esbeltez exagerada:

Esta mujer no llega ni al viernes.

En un cierto momento, yo trataba de explicar que en el proyecto los beneficios para cada quien iban a depender en forma directa del esfuerzo y de la calidad del trabajo respectivo.

Si por ejemplo...¿Tú cómo te llamas?, –pregunté a aquella mujer, cuya mirada empezaba a perforarme la conciencia.

–Gertrudis, me respondió́.


Gertrudis qué, le repliqué.


Gertrudis Sánchez –me dijo con voz muy firme y con un tono malhumorado.

 

–¡Anda! –exclamé. –Como el General de la Revolución.


¿Cuál general? ¿Cuál general? –me protestó Gertrudis.
 

No, no me hagas caso respondí́, reconociendo mi torpeza.


–¿Cuál es tu nombre? –pregunté a una segunda mujer que estaba a su lado

 

–Bartola Pérez Pérez, me respondió́.

–Entonces, si Bartola trabaja el doble que Gertrudis, pues Bartola seguramente ganará el doble por su trabajo. Ahora, si las dos trabajan lo mismo, pero Gertrudis trabaja con más calidad que Bartola, pues es muy probable que Gertrudis ganará más que Bartola, porque sus productos podrán venderse a un mejor precio en el mercado.

–¿Y cómo van a saber que el producto mejor hecho lo hizo Gertrudis?  me preguntó una tercera.

Pues porque ese producto tendrá́ una etiqueta en que se indicará que ese producto se elaboró en Las Ánimas, San Luis Potosí́, y que fue hecho justo por Gertrudis Sánchez, respondí́.

La expresión de Gertrudis brincó súbitamente del escepticismo a la sorpresa.

–¿Va a traer mi nombre?, –me cuestionó en voz muy alta, como si ignorase que había alguien más presente en nuestro diálogo.

 

Mi trabajo, ¿va a traer mi nombre? –insistió́.


Sí, por supuesto. Va a traer tu nombre. ¿Tú qué haces?, le pregunté.


Yo hago blusas, –me respondió.

 

–Pues tu nombre no vendrá́ en la blusa, pero sí en la etiqueta que irá con la blusa. Todo el mundo sabrá́ que tú la hiciste, –precisé.

 

–Todo el mundo, –murmuró ya sin preguntar.

 

A partir de ese instante, Gertrudis Sánchez ya no formaba parte de mi auditorio. Su mirada dejó de posarse en mis ojos y se desvió́ hacia el horizonte. Hablé todavía por más de una hora, aclarando dudas y respondiendo preguntas, pero Gertrudis Sánchez, justo a un metro de mis palabras, no escuchaba nada, absolutamente nada. Recuerdo que al continuar hablando me decía a mí mismo al mirarla:

 

–Esta no me está oyendo nada.

 

Gertrudis Sánchez volaba. Nada más, pero nada menos, volaba por los senderos del viento helado de Las Ánimas.

 

Concluí́ la plática. Acordamos alguna acciones. Yo me movía de un lado a otro, despidiéndome de mano de cada una de las mujeres. Y noté que Gertrudis Sánchez me seguía. Es más, no se me despegaba.

 

En un entre–despidos, se me acercó y, clavando de nuevo la mirada de sus ojos muy negros en los míos, me dijo:

 

–Entonces... ¿va a traer mi nombre?.


Sí, Gertrudis, todas la blusas que tu deshiles tendrán una etiqueta con tu nombre: “Blusa de Gertrudis Sánchez”.

 

Me miró todavía más fijo, estiró los brazos y me mostró aquel trozo de tela arrugado que llevaba con ella.

 

Yo hago esto, me dijo, en un tono casi solemne.


Yo desarrugué aquella pieza. Era una blusa, en efecto, o más bien un trozo de tela deshilada que estaba en el proceso de convertirse en una blusa.

 

La extendí́ y entonces lancé aquel comentario, que delató mi procedencia, o más bien mi pertenencia a un estrato, lamentable e inexcusablemente insensible a las cosas en verdad significativas; un comentario del que me he arrepentido siempre a partir de aquella tarde:

 

–Qué bonita blusa Gertrudis. –le aseguré, con voz condescendiente. Todavía me enfurece haber dicho semejante falsedad. No es necesario comprender algo para sentirlo.

 

Gertrudis me arrebató el prospecto de blusa y me lanzó aquel fulminante e inolvidable reproche.

 

Lo que pasa, es que usted no sabe nada de esto. Esto, sépaselo, está bien mal hecho… pero si va a llevar mi nombre, va a ver.

 

Y yo, en un afán de corregir mi comentario intrascendente, agregué:

 

Y vamos a pelear todos para lograr un trato justo Gertrudis, para que por tu blusa se pague el precio justo, lo que en verdad vale tu trabajo, –le dije con especial gusto.

 

Eso... –me dijo, con una mirada ahora de decepción y condescendencia, –Eso es lo de menos.

 

Yo no sé si Héctor Fernández Moreno tenia razón y Gertrudis no llegaba ni al viernes, lo que era indudable era que Gertrudis Sánchez no sabía muy bien si iba a comer ese próximo viernes.

 

Comenzaba a anochecer cuando, acompañado de mis colegas, salí triste y pensativo del pueblo de Las Ánimas, en el Municipio de Aquismón, Estado de San Luis Potosí́.

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