Mario López Espinosa
Los ocho magníficos
Fueron llegando con expectación y escepticismo al impresionante Palacio Damballah en los linderos con Mozambique, después de cinco horas de transitar por un trayecto secreto y abrupto desde el aeropuerto de Johanesburgo. Los visitantes eran cazadores profesionales que cumplían el requisito sine-qua-non de disponer cuando menos de tres trofeos registrados del Slam de los Cinco Grandes (Elefante, Búfalo, León, Rinoceronte y Leopardo). Habían recibido la exclusiva invitación para participar en la Gran Cacería del Octavo de los Siete Magníficos, (clasificación esta última que agregaba al Hipopótamo y al Cocodrilo). Nadie sabía de qué nueva presa se trataría y todos eran oídos en pos del secreto inicuo. Tan sólo pudieron averiguar que el generoso anfitrión era un billonario extravagante y caprichoso. Llevaban sus armas más preciadas y una expectación inconmensurable.
Durante la elegante cena se fueron presentando entre si, destacando título, nombre, procedencia y pormenores de sus invaluables preseas. Hasta el final conocieron al misterioso personaje que los acogía, quien se limitó a enterarlos que se encontraban en el corazón de una región agreste, inhabitada en trescientos kilómetros a la redonda, pero inmensamente poblada por la fauna más salvaje y más violenta del planeta. Procedió a presentarles a quienes él llamaba los cinco principales tiradores del mundo, informándoles que las preciadas armas de todos los invitados habían sido confiscadas y que a partir de ese instante podrían iniciar su graciosa huida, porque justo a las cinco de la mañana en punto, los francotiradores iniciarían la Gran Cacería de Cazadores, en la que ellos tendrían la oportunidad única de enfrentar y vivir la misma disyuntiva que afrontaron los que después se convirtieron en sus orgullosos trofeos, la de escapar y evitar el encuentro con animales más poderosos y feroces que ellos o evadir la ráfaga mortal de los distinguidos cazadores que se divierten.