top of page

¿No tendrán de casualidad Mechiulak?

Nos encontrábamos en la misteriosa, legendaria y, sin duda, bellísima ciudad de Argel. Habíamos acudido dos funcionarios de Nacional Financiera, mi jefe y Director de Programación Industrial, Ramón Carlos Torres, y yo, que había sido elegido para hacer la presentación del Programa Conjunto de Nafinsa con la Organización de Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial que había sido diseñado e instrumentado para impulsar el desarrollo de la Industria de Bienes de Capital en México. El evento lo organizaba la propia ONUDI y el tema era justamente el de las experiencias de fomento a la industria de bienes de capital en el mundo en desarrollo.

 

Antes de narrarles la anécdota que me interesa contarles, quisiera referirme como antecedente al hecho de que cuando visito por primera vez un país y, aún más, cuando se trata de una nación de cultura milenaria, como sin duda es el caso de Argelia, suelo aventurarme en las riquezas culinarias locales y por lo general me atrevo a experimentar con los platillos típicos más prestigiados y mejor recomendados por los oriundos de ese país.

 

Habían transcurrido tres días y mi atrevimiento no había tenido el éxito habitual; es más, podría yo decir que mis incursiones alimenticias habían sido un verdadero desastre. Y no es que no me hayan gustado algunos platillos argelinos, es que simplemente no me había gustado ninguno, pero así́, de no gustarme nada de nada.

 

El cuarto día del evento se dedicó a la presentación de los casos latinoamericanos. Al finalizar, como un reconocimiento, los seis expositores, de Brasil, Chile, Venezuela, Argentina, Colombia y México, además de Ramón Carlos Torres, recibimos la invitación para cenar esa misma noche en el mejor Restaurante de Argel, así́ nos aclaró el “Concierge” del hotel, con el Director General de la ONUDI, quien era justamente de nacionalidad argelina.

 

El restaurante era en verdad impresionante, lujoso y elegante, pero con los extravagantes matices que suelen surgir cuando las culturas de Oriente y Occidente llegan a fusionarse.

 

Nos dirigían hacia la mesa especial que se nos había reservado, y en el trayecto pensé́ que una vez más tendría que enfrentarme a la difícil situación de escoger un platillo desconocido, después de que los precedentes resultaron no precisamente estimulantes. Ya para sentarnos, me disculpé para supuestamente ir a lavar mis manos, aunque lo que en verdad pretendía era buscar entre las diversas mesas algún platillo que al menos en apariencia me resultara atractivo. Pues sucede que me encontré́ en efecto con un platillo que estaban por servir a una guapa y elegante señora argelina, que parecía bastante apetitoso. Era algo así́ como una empanada, en tamaño tres veces superior a las tradicionales en Argentina y México, pero de apariencia más exquisita; bien doradita, con un trabajo de filigrana en la orilla. Dí un breve paseo para dar tiempo a la citada señora de iniciar el primer bocado. Su expresión fue de tal deleite, que no dudé más y de inmediato pregunté al mesero sobre el prometedor platillo. 

 

Es exquisito, – me dijo – tan sólo lo piden los que de veras saben. Tiene como relleno una carne de cordero finamente picada y frita a muy baja temperatura, con las más refinadas especies de Argelia. Le va a encantar. – Me indicó que se llamaba algo así́ como "Mechuilak".

 

Así que mucho más tranquilo me reincorporé con el grupo, que me recibió́ con sonrisas amables y que, con especial cortesía, había dejado disponible para mí la silla a la diestra del Director General de ONUDI. La charla sobre temas relativos al evento era en realidad agradable cuando fuimos interrumpidos por el elegante y sobrio Capitán en Jefe del establecimiento para preguntarnos si habíamos hecho nuestra elección. Era claro que este directivo sólo atendía personalmente a clientes distinguidos. Todos habían consultado las cartas, excepto yo, que ni siquiera la abrí́. Nuestro anfitrión indicó en buen francés que las peticiones las iniciaría el primer invitado a su derecha, es decir yo.

 

Adopté una actitud docta, de "conoisseur" tolerante, y ahora puedo aceptar que bastante petulante, y pregunté:

 

– Dígame, Monsieur, – por supuesto en francés, – ¿No tendrán de casualidad Mechiulak?

 

Por supuesto que tenemos, respondió́ de inmediato el gran capitán. Es casualmente una de nuestras especialidades.

 

¿Le gusta el Mechiulak? – me preguntó con claro beneplácito el Director General de ONUDI.

 

Desde luego – aseveré, – es un platillo sin duda especial, – con una buena dosis de fanfarronería.

 

¡Voilà! – dijo nuestro anfitrión, dirigiéndose a los demás comensales, – Mario es un verdadero Gourmet. Este platillo es uno de los más sofisticados y exclusivos de Argelia. Tan sólo los expertos lo conocen y lo aprecian.

 

¿Qué es? – me preguntó, en español, mi amigo Ramón Carlos Torres

 

Sí, ¿qué es? – Agregó el colega chileno.

 

Pues verán, – respondí́ – el Mechiulak es... ¿Como decirles? Como una gran empanada, sí,  una empanada bastante más grande que las que nosotros estamos habituados a comer en nuestros países, perfectamente bien dorada, con orillas de filigrana y rellena de una preparación de carne de puerco, finamente cortada y cocida lentamente y aderezada de manera magistral, como sólo en los países árabes saben hacerlo.

 

Suena bien – comentaron mis compañeros, al unísono.

 

Es una verdadera exquisitez, añadió́ el Director argelino, Yo pediré́ lo mismo, concluyó.

 

Pues, nos agregaremos. ¿No crees? – Propuso el chileno a mi paisano. – Claro que sí, – aseveró, Ramón Carlos Torres.

 

Indicamos al Capitán en Jefe que los cuatro optaríamos por el Mechiulak. Los demás que no escucharon la plática, ordenaron sus platillos. A partir de ese momento la conversación se desvió́ hacia los temas culinarios, en lo que el Director General de ONUDI demostró́ ser no sólo un conocedor, sino un verdadero experto, y de lo que sabía mucho más, por cierto, que del fomento de la industria de bienes de capital en los países en desarrollo. Esperando la cena, nos dio una cátedra de como en Argelia durante la dominación se fundió́ lo mejor de la cocina árabe con lo mejor de la cocina francesa y dio como resultado la magia de la cocina argelina.

 

La conversación estaba en su punto más ameno, cuando llegaron los platillos, y pude percatarme de que el Mechiulak fue recibido con una discreta muestra de satisfacción por los comensales que me habían acompañado en mi elección. La primera prueba estaba superada. Seguían animados en la plática y no probaban sus platillos. Yo me quedé mirando fijamente el mío, tratando de imaginar el contenido casi secreto de aquella empanada. Tomé con cautela el cuchillo de mantequilla y con el mayor sigilo pinché con discreción la súper–empanada argelina, y "pgggrrrrrddd", brotó un líquido espeso, gelatinoso y de color amarillento obscuro, del que se desprendió́ con brusquedad un olor nauseabundo, mezcla de huevo podrido y cuerno quemado, que verdaderamente me cimbró, aunque debo reconocer que también se apreciaba un aroma como de jazmín. Surgían con lentitud de esa masa desagradable pequeños trozos babosos de carne clara, con apariencia de cuero crudo, con nervio. Me armé de valor y a escondidas llevé un pequeño trozo a mi boca, y "Guácatelas", un sabor espeso, entre agrio y acido, que sabia todavía peor de lo que olía. Me quedé petrificado. Más parecía carne de búfalo que de cordero.

 

De reojo observé al profesor chileno y a Ramón Carlos y pude apreciar como aquella expresión inicial de agrado, al efectuar el primer corte de la empanada, se convertía súbitamente en una mueca de aversión. Los dos voltearon a verme de manera simultánea, pero yo estaba concentrado en mi plato, digamos que incomunicado. "Turista no comprende" pensé́ para mis adentros. Con cierto escepticismo ambos se atrevieron a probar el sorpresivo experimento. Su mueca de desagrado se agudizó todavía más y buscaron de nuevo mi mirada, pero yo conversaba en clara huida con el Director anfitrión, que se deleitaba con el "suculento platillo".

El chileno fue el valiente. Se dirigió́ al anfitrión con una voz amable y le dijo:

 

Señor Director. En verdad tengo mucha pena y si no fuera porque usted se ha mostrado tan amigable y comprensivo, no lo haría, pero siento la confianza de decirle que yo en cuestiones culinarias soy muy sencillo y tengo poca experiencia como para apreciar este platillo excepcional. La verdad es que no lo estoy disfrutando y preferiría cambiarlo, si usted no tiene inconveniente.

 

El Director General de ONUDI abrió́ los ojos exageradamente, y todavía más cuando escucho a mi Jefe y amigo decir:

 

Pues qué pena, pero a mí tampoco me gusta y creo que también yo preferiría pedir algo diferente y más simple.

 

El anfitrión argelino, experto en la cocina de su país y orgulloso de su gran riqueza, me miró con tranquilidad y me preguntó:

 

¿Como ve Mario?


Lo miré con resignación y le respondí́ en voz baja:

 

Déjelos, son unos ignorantes, – sin sospechar siquiera que iba a sufrir uno de los tormentos culinarios más terribles de los que se tenia memoria por aquellos lares en los últimos dos siglos.

 

Se le dibujó una gran sonrisa, llamó al Capitán en Jefe y le dijo con cierto desdeño:  

 

Tráigale la carta a los jóvenes, creo que prefieren una hamburguesa o algo así́. 

 

Yo transitaba ya en un laberinto del que sólo dios sabía cómo habría de salir.

 

El proceso fue interminable y créanme que bastante difícil. El Director de ONUDI estaba contento y pidió́ dos botellas de un prestigiado vino tinto argelino, con el que brindó en repetidas ocasiones conmigo y de manera esporádica con los otros invitados que optaron por no conocer los secretos del Mechiulak, pero en ningún momento con los comensales rebeldes.

 

Durante la eterna cena, se conversó sobre los elementos de una estrategia nacional para impulsar la industria de bienes de capital. Algunos defendían la tesis de que cada país debería tratar de fabricar localmente todos los bienes de capital en los que registraba una creciente demanda de importación; otros, sugerían seguir el ejemplo de Finlandia, que se especializó en la fabricación de aquellos bienes de capital vinculados a su disponibilidad de recursos naturales y a sus industrias prioritarias, como la forestal. Esta especialidad le permitía exportar con un muy elevado grado de competitividad internacional y allegarse así́ los medios de pago para importar los bienes de capital necesarios pero de menor importancia. Yo los escuchaba como entre sueños, o tal vez debiera decir entre pesadillas. Mientras ellos debatían, yo luchaba con la consecuencia de mi desplante, en particular con los trozos más duros de carne, que, tomando aire para evitar el paso del aroma, terminé tragando en trozos enteros con gran dificultad y con la ayuda del prestigiado vino argelino.

 

Si al menos la empanada hubiese tenido el tamaño de las nuestras, pensaba yo. Qué desagradable experiencia. Frecuentemente tenía que responder al “¿Qué tal?" de aquel Director argelino del que me había convertido en el invitado consentido. Yo me limitaba a cerrar el puño y levantar el pulgar, algunas veces acompañé esta señal con un ¡Excepcional! o un ¡Únique! . Y, en efecto, aquel tormento era excepcional y único. Mi paladar nunca había sufrido semejante humillación; jamás había resentido un embate destructivo alimenticio de tales dimensiones.

 

Ramón Carlos Torres se me quedó mirando, con algo de lástima, y en un tono muy bajo me preguntó en español:

 

¿De ve–ras te gus–ta eso, cabrón?


Ignorante, – le respondí́, y regresé a mi tortura, la cual sufrí́ estoicamente, con el heroísmo sereno y resignado de un "kamikaze"?

 

Ya para terminar, coloqué los cubiertos sobre el plato, tratando de ocultar un último trozo olvidado de la empanada diabólica, pero el Director de ONUDI, guardián supremo de la integridad y el prestigio de la cocina argelina, me preguntó de inmediato:

 

¿Qué acaso esa parte no esta bien sazonada?


No, por supuesto que sí, aclaré, lo que pasa es que me gusta comerlo muy despacio, para disfrutarlo mejor.


¡Bravo!, – dijo, y dirigiéndose a todos, destacó – Este Mario es de verdad un experto, come justo como deben de saborearse los platillos refinados: lentamente.

 

Tuve pues que aceptar avanzar hasta mi último trago amargo. Me sentía pálido y descompuesto. Terminé exhausto, en verdad agotado.

 

Salimos del restaurante, yo caminaba con una combinación de autómata y de zombi. Escuchaba todo lejano. En la camioneta yo no emití́ ni una sola palabra, ni el menor sonido, me era imposible. Llegamos al hotel y creo que nos despedimos cordialmente. El Director de ONUDI estrechó la mano de todos, excepto la de los boicoteadores de la cocina argelina. A mi me dio un abrazo.

 

Me fui con premura a mi cuarto. Me zambullí́ en la cama, me tape con las almohadas y el malestar y la sensación de haberme comido de golpe un animal vivo, seguían intensos. Fui al baño, busque el refugio natural de la devolución, pero nada, el eventual alivio del vómito se negó́ a presentarse, no obstante mis reiterados intentos. Por algún maleficio musulmán, mi organismo parecía condenado a digerir cada uno de aquellos trozos del infierno. Alguien llamó a mi puerta. Abrí́, era mi Jefe y amigo Ramón Carlos Torres.


Sólo vengo, me dijo, a confirmar que en verdad te gustó esa porquería, me niego a creerlo.

 

No, por supuesto que no, pasa que te voy a contar.

 

Y le conté́. Ramón Carlos brincaba de una cama a otra con las manos sobre el estomago, en un festival de carcajadas. Se burló de mí sin piedad. Yo agonizaba en el sillón, trastabillando solo en el desierto, mientras aquel amigo cruel reía y disfrutaba inmisericorde a su máxima potencia.

 

Eso te sacas por mamón, –me dijo, y por supuesto que tenía razón. Y volvíó a estallar en carcajadas.

 

Espérate, maldito, que me estoy muriendo – le protesté lánguidamente y desparramado.

 

Haciendo una caricatura de mi voz me imitó exclamando:

 

Oiga, Súper Capí, ¿No tendrá́ de casualidad " Michulai "? ¡Ja, ja, ja!

 

Tres días duraron su burla y sus carcajadas y otros tantos mi malestar.

 

Han pasado muchos años y aún recuerdo aquel sabor desagradable y aquel olor insoportable, que no pudieron borrar aquellas dos invitaciones que recibí del Director General de ONUDI para participar en eventos en Europa, con los gastos cubiertos por la Organización.

 

Nunca más la petulancia y la presunción en temas culinarios. En este ámbito, cuasi sagrado, os recomiendo no cometer jamás imprudencias ni mostrar arrogancia, y actuar siempre con extrema cautela.

bottom of page