Mario López Espinosa
Travesura en Laussane
Una de las más inocentes y atrevidas travesuras que he cometido tuvo lugar en la hermosa ciudad suiza de Laussane. Claro que más de uno de los directamente afectados no la hubiera calificado de tal manera de haberse enterado de que yo fui el principal responsable de esa extraña confusión, la que aquel español simpático se empeñó en denominar “verdadero follón”. Aunque en realidad la verdadera culpable del acontecimiento fue aquella secretaria de nuestro Embajador en Suiza quien, desoyendo nuestras sabias sugerencias, ejerció el poder de sus limitadas atribuciones y decidió reservar habitaciones para quienes tendríamos en Laussane un encuentro con un grupo de inversionistas suizos, en un hotel grande, quizás para demostrar que en ese país helvético tan sólo sus chocolates tronaban.
Debo aclarar que yo detesto alojarme en hoteles grandes, por muy variadas razones, entre las que se encuentra el riesgo de toparse con excesivos grupos de numerosos turistas, como fue el caso. Sucede que poco después de registrarme con dos de mis colegas en el gigantesco hotel Laussane Palace, fuimos invadidos por una horda de turistas españoles, la mayoría procedente de la provincia de Murcia; algunos de ellos simpáticos, otros algo rudimentarios, pero eso sí todos, absolutamente todos, muy gritones. Yo no tengo por supuesto nada en contra de los iberos; aún mas, los admiro en verdad por su grado de autenticidad y por lo general los encuentro divertidos, aunque quizás en España siempre, y no en un país cuya mayor parte de sus habitantes está en estado de tranquilidad extrema, lo que crea condiciones muy favorables para la meditación y la conversación amena. Así como para reflexionar sobre las ideas nuevas y los recuerdos especiales, práctica que se vio desde luego interrumpida estruendosamente por los escandalosos visitantes.
Una mención aparte y especial merece la guía que lideraba al grupo de turistas españoles. Una mujer un poco gorda, pero bastante fea, lo cual no debiera constituir desventaja o inconveniente alguno, a no ser porque tales virtudes estaban acompañadas por una conducta antipática y desagradable. Sus rasgos eran sin duda latinos, y hasta ligeramente indígenas, no obstante el evidente deseo de ocultarlo mediante un cabello teñido de rubio, en tono despampanante, y una plasta generosa de maquillaje clarificador que trataba de esconder la tez morena y que la hacía ver casi como una protagonista del teatro japonés clásico. Esta señora, llamada Juana Chiriboga en un principio, según me explicó el administrador adjunto del hotel, era de procedencia centroamericana, se había internado como inmigrante ilegal al país y poco después obtuvo su residencia al casarse con un suizo bastante mayor que ella, de nombre Erwin Wessner, entonces dueño de una pequeña agencia de viajes y después retirado de manera más o menos forzosa por la nueva administradora, su astuta y nada agraciada cónyuge, ahora “Frau Joanna Wessner”, como se hacía llamar, que no sólo lo mantenía subyugado, dominado y con particular frecuencia humillado, sino que además lo trataba como al más insignificante de sus tres empleados..
Poco antes de comer, revisaba con mis colegas un interesante documento, cuando repentinamente dejamos de escucharnos ante el brutal escándalo que armaba la horda de marcianos, quiero decir de murcianos, tratando de ponerse de acuerdo sobre su itinerario del día. La verdad es que tal bullicio me exasperó, pero controlándome me dirigí a su majestad: la guía del grupo, y con la mayor cortesía de que fui capaz le pregunté en inglés, como sabía ya que a ella le gustaba, si acaso podría ella intervenir para que el volumen de la revuelta de sus clientes y simpáticos seguidores se redujera algunos decibeles. La interpelada, en un pésimo inglés y con una mirada fulminante, me lanzó un grito en tono por demás despótico:
– ¡Si no le gusta, cámbiese de hotel y deje de molestar a la gente decente y civilizada!.
Reprimí mis impulsos, tomé aire y en el más amable español del que pude echar mano, aun sabiendo que al usar el español delataba el origen de mi interlocutora, lo que es muy probable no sería muy de su agrado, le respondí:
– Me sorprende su respuesta, señora. Con todo el respeto que usted me merece, me permití tan sólo solicitar sus buenos oficios para sugerir a los integrantes de su grupo que disminuyeran ligeramente el volumen de conversación.
La ahora residente suiza, de todavía temperamento y esencia centroamericana, me lanzó una mirada altanera y, con el talante más prepotente e implacable que pudiera imaginarse en una mujer agresiva y malhumorada, replicó en un español al que pretendió otorgarle un acento extranjero, procedente tal vez de la región suiza de habla alemana:
– Pues entonces, no se cambie de hotel, mejor lárguese a su patria, que no sé que diablos hace por acá en un país civilizado que no es el suyo, pues de lejos se ve que usted es un indio mexicano.
Se dio la media vuelta y desapareció en el enjambre ruidoso de sus clientes. Me quedé perplejo, desconcertado y patrióticamente lastimado, pues yo tengo un profundo respeto y orgullo por los indígenas mexicanos. Deglutí el berrinche, rogándoles a mis dioses me concedieran la gracia de la revancha. Me reintegré con sumisión con mis compañeros a quienes dije, con una entonación que fue imposible no reflejara una sensación de derrota o al menos de impotencia:
– Me temo que tendremos que esperar.
Pues se pueden imaginar, como me sentí durante los casi tres días que duró la visita de trabajo, en que continuaron las intermitentes estampidas de los rústicos visitantes. Así que la última noche decidí cenar en el restaurante más alejado del hotel, en compañía de Armin Kodyoudjman, un queridísimo amigo y brillante economista armenio, con quien trabajé en tres muy interesantes proyectos en Londres, y que con sorpresa grata encontré en Suiza trabajando para una de las agencias de Naciones Unidas. Después de cenar y de una muy agradable y estimulante conversación de sobremesa, como sucede casi siempre que el interlocutor es tan inteligente como sensible, no me resultó sencillo convencer a Armin de que me acompañara al casino. (Lo que supuse nos permitiría atrasar aún más el retorno y evitar un probable encuentro con el clan de bullangueros y su nada agradable dirigente). No fue fácil persuadir a mi buen amigo, pues, apegado todavía a ciertos principios y costumbres musulmanes, argumentaba que el juego le parecía insulso, poco saludable e incluso un poco inmoral, lo cual resultó ser por supuesto absolutamente falso, pues me tomó casi media hora, y tuve que hacer gala de toda mi capacidad de persuasión, para retirarlo de la mesa del BlackJack como a las dos de la mañana. Como quiera que sea, además de que a mí sí me divierte jugar, sin ser en realidad devoto a los juegos de azahar, logramos, en efecto, reducir el riesgo de encontrarnos al regreso con los animosos representantes de la mal llamada Madre Patria, pero que sí podríamos aceptar como “Padre Patria”.
Y en efecto, cuando regresamos al supuestamente elegante y sin duda displicente gran hotel, los paisanos de Cervantes estaban ya todos refugiados en sus aposentos. Al cerrarse la puerta del ascensor, después de desear buenas noches a mi amigo armenio, caminé muy despacio por el pasillo, cuidando de no hacer ruido, pues en verdad tenía pavor de despertarlos. Y entonces, al avanzar con discreción, me percaté de una estampa muy singular. En las manijas de todas las puertas del pasillo, con excepción de la que correspondía a mi habitación, colgaba el habitual cartoncillo con las indicaciones del desayuno deseado, o más bien ordenado debería de decir al tratarse de comensales españoles. Era claro que partirían muy temprano, aunque no tanto como yo, pues a las siete debía encontrarme con mis compañeros de viaje para partir rumbo a Ginebra y llegar en tiempo a una reunión de trabajo nada importante pero sí inevitable. Lo supe porque las siete era la misma hora en que los hispanos habían solicitado su desayuno, según pude constatarlo en una de las tarjetas que retiré de una puerta. Y fue en ese preciso instante que se me ocurrió la inocente travesura.
Me dirigí parsimoniosamente al pequeño cuarto al fondo del pasillo en que guardaban los utensilios de limpieza y como si entrara a robar, abrí la puerta con cautela. Bueno, en honor a la verdad, debo reconocer que sí iba a robar, y sí robé, en efecto, un fajo de tarjetas como aquellas que pendían en las puertas, todavía vírgenes, lo que me sonó un poco extraño, por cierto, pues este adjetivo se escucha en Suiza con muy exigua frecuencia.
Con especial cuidado y en absoluto silencio fui retirando las tarjetas colocadas en cada puerta y ya con todas ellas en mi poder me refugié con sigilo en mi habitación, donde con particular laboriosidad fui preparando las nuevas tarjetas, con mi mejor esfuerzo para imitar, en cada caso, la letra del ordenante. Desde luego en todos los casos modifiqué el señalamiento del desayuno esperado. Así, al que pedía únicamente café y un pan de dulce, le solicité un par de huevos con jamón y tocino; al que esperaba en cambio huevos, le pedí unos “pancakes” como le llaman los españoles; al que ordenaba sólo fruta le registré huevos tibios con mermelada. En general, al que requería mucho le ordené poco y viceversa, al que demandaba jugo le sustituí por coca cola, al que señaló café le indiqué té y al de té le marqué café “espresso”. En fin todo lo cambié pensando en algo que casi con seguridad no sería del agrado del firmante. Transité finalmente a la fase más delicada de mi travesura: la de falsificar con especial cuidado cada una de las respectivas firmas.
Otro cambio esencial que hice fue el adelantar la hora señalada para las 6:00 A.M., con el fin de que pudiera yo desayunar y, en paralelo, percatarme de la reacción colectiva, además claro de llegar con mis compañeros a la hora acordada para partir.
Eran más de las 2 de la mañana, cuando con especial prudencia y desde luego descalzo, fui colocando diligentemente cada tarjeta en la manija de la puerta correspondiente. Mi corazón brincaba temeroso de que me fueran a sorprender en flagrante y embarazosa situación. Regresaba yo a mi habitación cuando me di cuenta de que frente a casi todas las puertas los hispanos habían colocado sus zapatos, con la solicitud implícita de que fueran “aseados” como dicen ellos o “boleados” como se dice en México. Bajé un piso y al confirmar que el mismo encargo habían hecho otros, precedí a intercambiar los de abajo con los zapatos del piso de arriba.
Desde luego también coloqué una atenta solicitud de desayuno en mi habitación y me recosté para dormir algunas horas, no sin antes poner el despertador a las 6:00 A.M., la hora fatídica del acontecimiento pues fue la que señalé en las tarjetas, lo que por cierto no hubiese sido necesario porqué 5 minutos antes de la cita crucial, el grito desaforado y nada refinado del primer caballero murciano me despertó súbitamente con la delicada frase de:
– ¡Mierda! ¿Qué esh esshto?
En tanto que un segundo expresaba su seria protesta gritando:
– ¿Pero, se puee saber porqué diablos me despertáis a esta hora?
Me incorporé de inmediato y tambaleando me dirigí a la regadera, de la que salí antes de tres minutos para ser testigo presencial del evento. En el proceso de vestirme, escuchaba agregarse algunas nuevas voces de reproche, cuando tocaron a mi puerta para hacerme entrega del desayuno, que desde luego sí coincidía con mis pretensiones. Permití que lo introdujeran en mi aposento, fingiendo no darme cuenta del contenido y esperé a que saliera el empleado polaco, como lo eran casi todos los trabajadores de servicio en el hotel. Me acerqué entonces a la puerta y, asegurándome de que me escucharía el pequeño tumulto que comenzaba a formarse en el pasillo, lancé un grito en buen mexicano que trataba de reflejar una supuesta molestia:
– ¿Pero, qué ghingaos es esto? dije, ¡Yo no ordené fruta para el desayuno! – lo cual por supuesto era absolutamente falso.
Me interné de nuevo en mi habitación para devorarme la fruta y beber de un sorbo el jugo de naranja y salí con rapidez para incorporarme a la manifestación de inconformes. Más de diez hispanos, entre hombres y mujeres, la mayoría adultos mayores, trataban de expresar su profundo desagrado a los cuatro o cinco empleados polacos, que intentaban explicarse en un mal inglés, que bien pudo haber sido excelente y de todas maneras inútil, pues tal parecía que ninguno de sus interlocutores ibéricos conocía ni siquiera lo elemental de la lengua de Shakespeare. Justo al acercarme, se abría el ascensor y aparecía el encargado, en ese momento, de la administración del albergue. Un suizo impresionantemente delgado que no sólo hablaba un buen inglés, sino además alemán y algo de francés, lo que desde luego tampoco sirvió como código de comunicación, pues los indignados turistas tampoco comprendían en lo absoluto los idiomas de Goethe y de Victo Hugo, y el suizo del español no sabía ni la jota. Los empleados le explicaron, entre los gritos de protesta de los huéspedes disgustados, que tal parecía que no estaban de acuerdo con los desayunos que recibieron, protesta que no se explicaban los polacos pues, según ellos, todo coincidía con exactitud con lo solicitado. El encargado helvético revisó con cuidado las tarjetas y les indicó primero en inglés, y después en los otros dos idiomas que conocía, que el servicio estaba correcto. Los huéspedes ibéricos permanecieron perplejos ante la explicación que no comprendieron.
– ¿Qué dijo? – ¿Que qué cossha?
– ¿Dónde diablos esstá la guía? – grito un hombre maduro y gordo en pijama de cuadros y una sola pantufla, cuya hija adolescente trataba de calmarlo.
– Que llega hasta la siete, eso nos dijo anoche – le respondió su mujer de rostro gracioso, pero perfectamente despeinada.
El desorden estaba ''increscendo'' cuando me ofrecí para actuar como interprete aficionado. Comencé traduciendo al suizo, señalando a la camarilla de inconformes que les habían traído para desayunar justo lo que habían ordenado y habían revalidado con sus firmas. Se lanzaron todos a la vez sobre sus respectivas tarjetas y los rostros de cada uno de los huéspedes ibéricos fue transitando de un matiz de desconcierto a otro de sorpresa y después de confusión al grado que tuve que disculparme un momento, para supuestamente hacer una llamada, aunque la verdad, fue para encerrarme en mi cuarto por unos minutos con el saludable propósito de soltar algunas carcajadas debajo de mi almohada, pensando en sus sorprendidas expresiones.
Cuando salí una vez más de mi cuarto, con el rostro más serio que pude inventar, se escuchaban lo siguientes comentarios.
– ¡Rediez! Esta es mi letra, en eferto, pero juro que yo no pedí los huevos fritos. Los detesto.
– Pero mira Maripili–, afirmaba otro – Que no sólo la letra es mía, sino también la firma, ¿pero sólo un té? Vamos, tú sabes bien de mi endiablao apetito por las mañanas.
– Oye, Fidendcio – observaba una mujer, mientras, a través de sus espejuelos recién colocados, revisaba minuciosamente la tarjeta de instrucciones. – Que sí esh tu firma. Te dije que no tomaras tanto vino.
– ¡Vete a la mierda, mujer! Sólo eso me faltaba, que te pongas del lado de los suiddzos.
Otro hombre, calvo, bajito y regordete, observaba con detenimiento su tarjeta en silencio, mientras se rascaba la nuca con una expresión de preocupante extrañeza.
– Esto paredce cosa de Sataná – dijo absorto en su reflexión.
La sorpresa y la incredulidad eran generalizadas.
Yo estaba a punto de inventar otra llamada, cuando, al percatarse de mi reincorporación, otro andaluz alto, fuerte y con cara de pocos amigos, me dijo:
– Oiga usté, hágame er favo de dedcile a estos polaco que por mí se pueen lleva estas porquerías que yo no pedí y que deshde luego no me pienso comé, y mucho meno a la hora en que lesh da la gana traerlo.
Aceptando reincorporarse en mi calidad de intérprete emergente, Me dirigí a los migrantes polacos y les manifesté en inglés, con la actitud sobria de quien desempeña una delicada encomienda:
– Señores, el caballero español me ha pedido les diga que, en su opinión, seguramente ustedes fueron los culpables de la confusión reinante, pues es claro que los polacos son todos muy ignorantes, y también dice que tenía mucha razón la guía Wessner cuando les alerto recomendando que tuvieran mucho cuidado con los empleados polacos porque son muy brutos y todo lo enredan.
La sensación de indignación hizo que los cinco meseros polacos respondieran de manera simultánea:
– ¡Pero qué se han creído estos españoles! – ¿Eso dijo la guía Wessner? – ¡Pues veremos si se atreve a decírnoslo en nuestra cara! ¡Esto es una agresión directa! ¡Qué injusticia!
– Mire usted – me dijo el que parecía más sensato – Dígale por favor al caballero español que nosotros nos limitamos a traerles lo que ellos ordenaron y ratificaron con su firma, y que no llegaremos a ningún lado si nos faltan al respeto. Nosotros los hemos tratado con extrema cortesía.
– ¿Qué ha dicho? Me preguntaron los españoles, también al unísono.
– Pues me da un poco de pena traducirlo – mencioné. Y varios me exhortaron a continuar en la interpretación de los polacos.
– Bueno, indiqué, Pues ellos dicen que si no se lo quieren comer pues que no se lo coman, pero que eso sí tendrán que pagarlo. Ah, y que los culpables más bien son todos ustedes por ordenar lo que no querían desayunar, que seguramente se debió a que todos bebieron demasiado anoche. Que ellos escucharon a la guía Wessner decir que los españoles se van todas las noches de farra, pues todos son una sarta de borrachos.
La réplica ibérica fue bastante escandalosa y casi violenta:
– ¡Pero habráshe visto, qué desfachatezd! – dijo uno.
– ¡Que yo a estos les pego un tortazo macho! – gritó otro.
– ¡Qué ahora comprendo al Hitler ese! – Masculló en voz baja el hombre gordo bajito y calvo.
En el fondo del pasillo se escuchó una voz ronca que exclamaba:
– Y ésta guía de mierda, qué tenía que andar hablando, si ella bebió más vino que ninguno anoche.
– Y súmale dos coñaques que se tomó de digestivo, y todo a coshtilla nuestra – agregó una señora murciana agitando las manos.
– Dígales que nosotros no pagaremos ni un dcéntimo. ¡Nada más eso faltaba! – aseveró enfáticamente y dirigiéndose a mí, otro de los hispanos más enfadados, por supuesto con el respaldo solidario y extensivo de sus compañeros de viaje.
– Dicen que si no fueron ellos entonces fue usted el culpable – le dije al administrador suizo y agregué –Comentan que la guía les dijo que usted era muy tonto y prepotente.
– Pero si yo no estaba, yo acabo de llegar – respondió. – Además ellos firmaron – replicó el suizo. Y terminó mascullando – Así que eso es lo que dijo de mí la guía Wessner.
– ¿Qué ha dicho? – demandó el español de pijama de cuadros.
– Dice que el cargo ya está hecho en sus tarjetas de crédito –señalé – Que de este hotel no se va nadie sin pagar. Ah y también dijo que su hija está muy guapa. (Lo cual era, entre paréntesis, absolutamente cierto)
– ¡Me cago en dosdcientos! – Exclamó el ibero furioso – ¡Pero qué coños entra mi hija en todo esto!
– Emeteria, ¡que te metes al cuarto de inmediato! – gritó a la chica sonriente su madre escandalizada.
– ¡Qué no pagamos, joder! –proclamó quién sabe quien.
– ¡No permitiremos que nos roben! – vociferó otro más
– Esta es una conspiradción suizo–polaca contra el reino de España! – exclamó un tercero.
Todos gritaban de todo.
– Pregúntele a este hombre – me dijo otro hispano iracundo que no había reclamado todavía, – que quién lo autoridzó a cargar directamente en nuestras tarjetas el costo del desayuno.
Miré al suizo medio sonriendo y le manifesté –Piensan que usted ni siquiera conoce a su guía.
– Claro que la conozco, se llama Joanna Wessner.
– ¿Cómo? – repliqué, aparentando no escucharle.
– ¡Joanna Wessner! – me respondió casi gritando.
– Pues ya escucharon quién dio la autorización – le dije al español, quien volteó a ver los demás integrantes del grupo, exclamando:
– Pero mardita sea, que esta mujer es de veras er mismíssimo demonio.
Justo cuando comenzaba a extrañarme que no hubiese protesta, un murciano, gordito y de rostro muy simpático, dijo:
– Oiga, que me han cambiado mis zapatos y eran muy finos – mientras los demás se agregaban uno a uno a la protesta.
– Vamos, que los míos tampoco son estos. – Demonios, mis zapatos italianos nuevos, que los han sustituido por estos hilachos viejos. –gritó otro – Pero estos polacos están de veras todos locos, no es posible.
– Oiga usté – me dijo un cuarto, – Preguntelesh dónde se han llevado nuestros zapatos, joder.
Me dirigí al suizo y le dije – Protestan porque sus zapatos están perfectamente mal aseados, dicen que ustedes los suizos son como los polacos, ineficientes en todo, tal como se los anticipó la guía Wessner.
– Oiga, – me dijo el suizo bastante indignado – Yo creo que debe calmarlos. En mi opinión, todo esto no es para tanto. En realidad se trata de un problema creado por los comentarios irresponsables de la guía Wessner.
Moví la cabeza, como en señal de incredulidad, y les “traduje” a los hispanos:
– Dice el suizo que la niña está en verdad guapa y que las cosas se pondrán peor si se la esconden. Además dice que le dijo la guía Wessner que él no le era del todo indiferente a la muchacha.
– Pero este tío es un gran jiripollas – gritó el padre y entonces sí tuvieron que detenerlo pues estaba claramente dispuesto a lavar el honor de la doncella con más de un severo tortazo sobre el suizo, que lo observaba con una mirada mezcla de terror y de “¿what?”
– Dejadme carajo, que este tío me las paga.
– Calma hombre, calma – advertía uno de los dos que trataban de detenerlo.
– Pero no has escuchao lo que ha dicho este hijoeputa.
– Nada, hombre, mejor esshpera a desquitarte con la guía de mierda. Esa, que estoy ssheguro es la verdadera curpable de todo.
El escándalo era verdaderamente notable y generalizado, cuando decidí despedirme y retirarme, lo que hice con mayor presteza cuando me percaté que la mismísima guía Wessner salía del ascensor y con su habitual actitud indolente y autoritaria se dirigía hacia el grupo gritando:
– ¡Pero, por Dios! ¿Qué sucede? ¡Calma, calma señores! Que estamos en un país civilizado.
Mis colegas me esperaban ya en el automóvil estacionado enfrente del Hotel.
– Partamos de inmediato – propuse – Creo que llegaremos tarde por mi culpa.
Ya en la carretera, contemplaba en silencio la hermosa ''campigna'' suiza, cuando uno de los compañeros hizo notar que se me dibujaba de repente y sin darme cuenta, una extraña sonrisa.
– Uhmm – dijo mi amigo Armin Kodjumjan, que aceptó irse con nosotros a Ginebra – Hay un proverbio armenio que dice... – La verdad es que ya no me recuerdo como dijo que decía exactamente, pero sí me acuerdo que significaba mas o menos lo mismo que aquel latino de “el que sólo se ríe...”.
– Míralo – dijo otro amigo más adelante – Como que sonríe y mira hacia el cielo, se me hace que los dioses del Olimpo le concedieron alguna gracia romántica allá en el hotel, quizás anoche mismo.
Entonces sí me reí con ganas y respondí:
– Pues los dioses del Olimpo no, pero vieran como me consienten mis dioses aztecas.
Se rieron todos, pero, por supuesto, ninguno entendía nada.